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Sería necesario, para una mayor comprensión del fenómeno, tratar de comprender la situación en la que se encontraba el mundo para 1970, año en que Florian Scheneider y Ralf Hutter fundaron Kraftwerk. Así, dialogando con su entorno, es como el Scheneider fundaron arte opera mismo tiempo que es como clave; accionando como intérprete al interpretado. Y si este diálogo ha de ser rico en cuanto a la cultura representativa de una época se refiere, ni que hablar de las vanguardias, que invitándonos a reconocer críticas, realidades opuestas que se expanden hasta dejar de ser, nos sugieren que ese diálogo nuevas formas y no es tan mecánico como se supone.
Al término de la segunda guerra y con el espectacular
salto tecnológico, que hoy más que nunca parece carecer de techo, edificios
monumentales, carreteras, aparatos electrónicos, rascacielos y las constantes novedades
de la industria pasaban a formar parte de la vida cotidiana de las grandes urbes que
mostraban día a día su desmesurado crecimiento. Esa vida en común que todas las grandes
ciudades tendrían como identidad sería lo que Kraftwerk musicalizaría. Ralf y Florian se conocieron en 1968, cuando ambos estudiaban música clásica en el Conservatorio de Dusseldorf. Ralf comentaría años más tarde: "Los instrumentos clásicos eran demasiado limitados y se perdía mucho tiempo practicando ejercicios mecánicos para conseguir agilidad. Con nuestros ordenadores, todo esto desaparece, y así se puede aprovechar mejor el tiempo en la estructuración de la música". Por supuesto que estos hombres no salieron corriendo a comprar samplers, cajas rítmicas ni secuenciadores a la casa de música más cercana; todo esto aparecería, tal como hoy se ofrece en el mercado, mucho tiempo después. Inclusive, Kraftwerk, se mantuvo alejado de los «sinte» standard que aparecieron en la época firmados por empresas como Moog, EMS o ARP, para usar su rudimentario y casero equipamiento: órganos electrónicos modificados y osciladores de fabricación casera. Con los años, el estudio de estos muchachos, se transformó en una especie de laboratorio de elite lleno de prototipos de modelos desarrollados por diversas compañías y aparatos altamente complejos construídos por encargo.
No sólo los sonidos eran totalmente nuevos, acompañaba a la música una estética sobre el escenario totalmente deshumanizada, robótica, una visión futurista más cercana a Metrópolis (el film magistral del director alemán Fritz Lanz) que a La Guerra de las Galaxias. Mientras en los escenarios del mundo se buscaba el desborde de energía, Kraftwerk proponía un ambiente ultra mecanizado al grado de provocar una relación casi hipnótica con los concurrentes a sus conciertos, una vidriera con escaso movimiento que rompía de manera despiadada con la figura del músico hiperactivo transpirando por el despliegue que la interpretación y el público le exigía. El concepto Kraftwerkiano es la variable que permite reconocer su razón. Para Kraftwerk (Planta de Energía en alemán), el proceso de producción musical es un proceso de producción industrial. Esta definición puede sonar antipática, pero reconozcamos que es vanguardista, teniendo en cuenta que siempre se trató de caracterizar a la esfera del arte como algo que escapa a los procesos materiales, y sincera, dándoles la razón acerca de que en el presente nada parece escapar a la lógica que la industrialización ha impuesto. La huella de este grupo se fue desdoblando en tendencias que van desde la música industrial al techno - pop, pasando por el trip hop, el techno, el house, el ambient, el jungle, el hip hop, etc. Sus sonidos sirvieron de inspiración a bandas como Depeche Mode, Front 242, Nitzer Ebb, 808 State, Orbital, NIN, etc. y han servido de musa a músicos y agrupaciones de distintas tendencias como Bowie, Pet Shop Boys, Cabaret Voltaire, Human League, OMD y un sinfín de artistas que más allá de juzgarlos como dignos o no de ser citados han tomado de los padres del tecno algo de aquel influjo innovador que representó su visión de la forma de hacer música.
Aparte de la gira que hoy los ocupa, el dúo fundador, trabaja durante 8 hs. por día en un proyecto secreto que ni EMI (su casa discográfica) se atreve a develar. Pasaron casi tres décadas y Kraftwerk, lejos de transformarse en el recuerdo de una de las bandas más influyentes desde los Beatles y los Stones, amenaza con seguir haciendo cantar a las autopistas, al ferrocarril y a las computadoras. Está totalmente prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la autorización de "el Parlante"
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