Crónicas Textuales

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Julio Chávez

Crónicas Textuales

literatura es nombre de mujer

Hoy me hicieron un regalo, me obsequiaron mis recuerdos perdidos, fue la doble mutación de la materia, tenía tiempo que no hablaba de literatura con una mina y que no soltara dos bostezos en menos de 5 minutos.

Ella me dijo que leía, novelas hispanoamericanas, mencionó algunos títulos que leí cuando era mas joven, y le salieron alas a mi memoria que voló dando vueltas de frente al pasado.  Recordé que muchos de los libros, que decía, me los contó una chica entre los descansos de los ensayos teatrales, se acercó a mi porque leía mi primer novela para escapar del hastío de no tener a nadie.

Llegue alguna vez, con Cien Años de Soledad, de la editorial Oveja negra, un libro viejo, ajado, porque pertenecía a una biblioteca pública, mismo que después robé y le hice un altarcito arriba de la virgen de Guadalupe y era mi preciado tesoro, abría las paginas y me aparecían recuerdos, de la maga de Cortazar, hasta que una vez, con la determinación que da la desesperación hice una pira con ellos y una noche triste les prendí fuego, al carajo con todos los pinches recuerdos y al carajo conmigo.

Ahora recordé su táctica y estrategia, me contaba parte de la novela, después paraba y hablaba de otras cosas, pero al día siguiente llegaba con el libro y me decía: léelo.

Y así la busque entre las palabras, encontraba guiños y sorpresas esperándome al siguiente capitulo de una historia de amor que se construía entre las lecturas y detrás de bastidores, hasta que no resistí y probé sus labios que sabían a Nadja.

De ahí que me quedara con ese vicio, como aquel viejo que leí novelas de amor y yo solo entre tantas letras, que me acompañaron en las tardes, cuando ella me visitaba y se quedaba a comer, a ver tele y a meterse en mi vida, como quien tiene las llaves del paraíso.

Tenia pareja, como todos los amores contrariados, cuando ella se alejaba sentía un gusto de almendras amargas, a veces la veía, con su pareja, y yo no existía más que en los momentos de paz; cuando festejábamos nuestros encuentros fortuitos en el cementerio que esta a lado de mi casa y nos poníamos a inventarles vidas felices a los muertos, leíamos los nombres y cuadrábamos parejas con el vecino de a lado, y entre cigarros, caricias y besos, dejábamos que se fuera el sol. Nuestro tiempo terminaba con él.

Nunca sabíamos si nos encontraríamos al otro día, no hay mas leña que la que arde era el comentario, a veces una amiga en común, que sospechaba que teníamos algo entre manos, nos invitaba a su casa y después de cualquier simple pretexto, desaparecía, cosa que agradecíamos después con las mejillas encendidas por las caricias semidesnudos y felices.

No hicimos el amor, pero casi conocimos cada parte de nuestros cuerpos, ella a veces pedía que lo intentáramos, pero siempre me dio hueva, tenia mas cerebro para mi, que dos piernas hermosas y pechos pequeños que no conocían el sostén, dejaba de lado eso, no le daba bola y mientras, con su mal francés me leía a Rimbaud, sonaba como fondo France Gall o algún tango de Piazolla en honor a Borges.

Íbamos a conciertos de música sinfónica u ópera, y tenia que aguantar después que se pasara bailando ballet el resto de la tarde en mi habitación.

A veces se iba a su tierra, que era un pueblo en la costa y regresaba extraña, con cara de tristeza y con un dolor que salía de su mirada, que en ocasiones le duraba semanas, era difícil en esos momentos donde solo me decía que la abrazara y la besara, pero ni una palabra salía de sus labios y los míos, después sólo se levantaba de la sala y se iba sin despedirse.

Tenia varios pretendientes, un pintor costumbrista y un ex­sacerdote, el maestro de inglés de su escuela y los compañeros de teatro, yo sólo la tenia a ella, era un loser y mi suerte en el amor era nula, hasta que la conocí, pero ya tenia pareja y era un amigo de la infancia y la escuela, cosa que no supe hasta después de que estaba hecha la traición.  A veces la vida es un guiño de situaciones raras y sin sentido, pero no lo pensé mucho, sus besos y las palabras, eran mejores que mi sentido del deber ser.

La historia tuvo un final agridulce que me provoco unas risas y mi primer soneto, rompí con ella, y lo hice como lo hacen los asesinos, con dos palabras, “te quiero”, cosa que nunca le había dicho y jamás me dijo; pero nos lo gritábamos entre jardines llenos de agua y peces de colores, con mis manos nadando por su cuerpo, como lo hacían mis labios en los suyos.

De ahí que siempre he pensado que la literatura tiene caderas y labios rojos, porque me acerque a ella por una mujer, que me acompaña en cada palabra que leo, es la mejor compañía para quien ve las palabras encadenadas al amor y al arte; al frió de las calles solitarias mientras te desabotonan la camisa con citas de Albert Camus, te sientes menos extranjero en esta tierra ancha y ajena, pero que te roba el corazón ciertos días por unos ojos claros regalándote, un corazón de plástico que arderá, en un futuro con las palabras impresas convertidas en polvo enamorado.

El recuerdo de los libros, hoy me la trae de mi memoria, y termino esto, escuchando la canción que revivimos en los noventas y que fue primer lugar en eurovisión en 1965 “poupeé de cire, poupeé de son”.

 

Julio Chávez

jchavez@canaltrans.com

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