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La falda tableada le caía sobre los muslos como sin interés, estaba lista. Antes de que todos terminen de desayunar, saludó, tomó los libros y salió a una calle de árboles muertos por el otoño. El sol pegaba y rebotaba, como patinando sobre los tejados. Su pelo se soltó con una hábil ayuda de dos de sus dedos. El pueblo es miserablemente chico y es fácil escapar de cualquier cosa menos del destino. El edificio del colegio siguió de largo y como si todos la hubiesen visto a través de las viejas ventanas, se lanzó como una flecha a partir en dos al viento. Corrió hasta que los latidos de su corazón le empezaron a golpear la cabeza. Subió a la colina desde donde el pueblo se ve como una maqueta. El cabello, ya era revuelto de pequeños brillos, estaba bien despierta, el uniforme había perdido la rigidez del planchado, uno de sus cordones le daba dulces latigazos a la hierba y las medias apenas le abrazaban los tobillos.
Los
zapatos fueron abandonados a unos pasos. La camisa ya no apretaba. Miró hacia
abajo y aspiro para hinchar sus pulmones con el aire fresco del monte. Se
desplomó intencionalmente en el pasto, cruzó las piernas, luego las descruzó
y casi al mismo tiempo sonrió; sonrió con la boca, con los ojos, con la nariz,
con todo. Se acurrucó entre la naturaleza vegetal y entonces la tela le molestó. Ardió el ritual del fuego, su sangre corrió joven y placida por sus venas nuevas. Si alguien la hubiese visto. Pensó algo y volvió a pensarlo. Su mano tomó los tres libros que estaban junto a su cadera, se puso de pie y los arrojó tan lejos como pudo, lejos de su vista, lejos antes de ser leídos. Después durmió. Soñó que la rescataban de ningún peligro, que la abrazaban para protegerla de ningún acecho y que la amaban sin preguntas. Sus zapatos estaban a mitad de camino y siguieron allí hasta que volvieron a cubrirle los pies. Llegó a su casa cerca de la hora en que la luna sale pero aún hay luz del sol. Nadie había notado su ausencia. Todos hicieron más o menos lo de siempre para reunirse en las mesas y contarlo diferente. Nadie supo que, por un día, ella se había ido lejos. Pasaron los años y el pueblo la dejó escapar de todo menos del destino. Escribió tres libros que nadie leyó. Tres libros parecidos a los que un día su hija lanzó bien lejos, allí cerca de la colina, una tarde en que se había ido lejos de todo y de todos. Tres libros que eran parecidos a los que había escrito su madre, la madre de su madre y la madre de esta. por José M. Pascual |
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