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Es conocido el aprecio que algunos sectores de la sociedad tienen por los artistas. Más aun cuando se trata de artistas muertos; los cuales, lógicamente por su estado, por decirlo de alguna manera, son más inofensivos, pues su obra a través del tiempo se alinea de manera menos traumática a la cultura cuando esta es entendida como La Cultura. Recuerdo una anécdota que me contó el doctor Von Kraft en categoría de testigo respecto de un suceso donde algunos de estos componentes se hicieron presentes. Von Kraft había asistido a una fiesta en la mansión de Rudolf Krol, un destacado hombre de la sociedad bávara que había incrementado su fortuna de manera notable en la Alemania dividida de la post guerra. El motivo de la reunión social era festejar los treinta años de casado que llevaba con su esposa Ruth. Conociendo el exquisito gusto por el arte que su esposo tenía, Ruth contrató para la celebración a un artista desconocido, pero que en los círculos intelectuales más selectos de la época era categorizado como uno de los más grandes exponentes del Avant Gard. Alguien se lo recomendó para sorprender a su marido y ella pidió que lo consiguieran para aquella ocasión. La fiesta estaba en la plenitud del ceremonial. Los comensales intercambiaban halagos. Los mozos surtían de espumante a los invitados. Los mejores vestidos, las joyas más caras, las medallas más brillantes estaban en aquel salón de las afueras de Munich a orillas del río Isar.
En momentos en que la mujer hablaba de su hallazgo ante un pequeño grupo de personas que,
formando un semicírculo, la escuchaban atentamente, el artista hizo su entrada por la
enorme puerta de vidrios biselados que comunicaba el salón con un jardín que parecía
una imitación a escala del de alguno de los de Versalles.
El murmullo redujo su volumen a silencio y todas las miradas se concentraron en él. Todos
tomaron distancia. Krol caminó hasta el frente del improvisado grupo de espectadores y
Ruth se congeló con una sonrisa mezcla de sorpresa y orgullo sin fundamento. El robusto artista, como recortado de un paisaje portuario, miró el piano de reojo y en un ademán bastante rudimentario gritó anunciando el final del profundo silencio: -Voy a tocar una melodía que espero disfruten. Dis friuten.
Tomó el animal inerte por la cola y comenzó a azotarlo con singular bestialidad sobre
las teclas. Las escamas se pegaban en el marfil y en el ébano entrando torpemente en los
espacios entre tecla y tecla. Graves y agudos, tonos violentos al oído, sacudidos por el
flexible cuerpo del pescado. Un ojo voló hacia dentro de la caja, el otro, dos golpes
después cayó sobre la alfombra. El artista aferraba sus manos a la cola; con un pie daba
saltitos rítmicos mientras mantenía la otra barrosa suela de bota sobre el taburete
forrado de fino terciopelo azul. Krol que hacía rato había superado el tamaño de los ojos de un búho y había dejado caer su copa con el primer destono, sólo atinó a decir: - ¿Quién dejó entrar a este tipo a mi fiesta? El gigantesco pelirrojo bajó la cabeza, introdujo su mano en la caja del piano y rescató uno de los ojos del pescado, después caminó dos pasos y recuperó el que yacía en la alfombra. Un ojo en la diestra y el otro en la siniestra. Miró a Krol un instante y se acercó a él con paso firme y decidido. Cuando estuvo a treinta centímetros del dueño de casa, lo miró con su peor cara e hizo un concentrado arrebato amedrentador seguido de un sutil Bhuu que sonó dulce y gracioso. Krol apretó sus párpados esperando un golpe. El artista, suavemente apoyó sus pulgares en las cuencas oculares del asustado anfitrión. Después de eso se retiró de la sala riendo sonoramente. Ruth no podía cerrar la mandíbula. Algunos sonreían por lo bajo. Otros se mantenían horrorizados. Después de un rato algunos comenzaron a dialogar sobre vanguardias y arte clásico. Nuestro anfitrión quedó por un tiempo duro como una estatua; parado en medio del salón y con los ojos del pescado ocupando el lugar de los suyos. por José M. Pascual |
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