Navidad

cuento corto

Son Cerca de las ocho, todavía no se puede decir que es de noche. Una casa de material, en un barrio de casas bajas. Algunos chicos que corren de vereda a vereda, un poco de tensa calma, un estallido, risas y alguna vieja que piensa: «¡ya empezaron!». El olor a pólvora durará casi hasta febrero.

El portoncito de madera mal pintado de verde que está a mitad de cuadra quedará abierto hasta que llegue el último. Allí vive una familia. El dueño del hogar, uno de esos personajes que ayudan a la síntesis cuando de biografías se trata. Un hombre cuya madre hubo de esmerarse allá por el 35 para bautizarlo Miguel Angel; pero una vez alguien le dijo Cacho y el mundo consideró que llamarlo así era más justo. Un día entró al ferrocarril, un día se agarró a piñas con uno de los capos del sindicato y un día se jubiló. Casado con Marta tuvo cuatro hijos: Miguel Angel (Cachito), Esther (La), Carlitos y Claudia (también La), de esta última cabe agregar que es el orgullo de la familia y que hace rato no forma parte de la lista de comensales; se juntó con un tipo y se fue a vivir a Australia en la época en que todos hablaban de irse a vivir a Australia.

Cacho ya perdió la camisa por el calor de la parrilla y el ardor del tinto que bien combate la sequedad de garganta que produce el humo. Larga mesa en el patio de baldosas. Mujer dejando para lo último la preparación de las ensaladas.
Y entra el primero: Domingo, hermano de Cacho, su mujer y sus tres hijos.

- ¡Eh! Mingo, mirá el lechón que me estoy mandando.
Y siguen llegando: los primos de Hurlingham. El tío panadero que cuenta doce veces la misma anécdota de cuando conoció al General, las dos hijas de este, María Eva y Susana, con sus respectivos maridos: el ex marino Hugo Raimondi y un tachero al que le dicen El Oso y que en realidad se llama Raúl Torcelli.

La sillas se fueron ocupando. Algunos fumaban, los más chicos corrían, se reían y, dada la situación propiamente festiva, hacían algún que otro acto vandálico amparados en el anonimato. El más nuevo de los llegados a la familia, el novio de la prima Laurita, que posiblemente el año que viene ya no figure, tal como le pasó al anterior y al anterior a este, fue la víctima del tío panadero que comenzó hablando de como fue el viaje desde Wilde y empalmó sutilmente con «Entonces le dije al General ...».

Dos sillas esperaban vacías, y llegó Vivi con su marido. Vivi es de esas chicas que posee toda familia, una de esas a la que le insisten con que debería haber sido modelo o presentarse a algún concurso. Una de esas primas lindas que hace replantear a más de uno esa cuestión de los lazos de sangre.

Anocheció sobre el patio perfumado de quebracho ardiendo. El vino llenó los vasos, una, dos, tres ... Dio comienzo el ritual de quienes unidos por un profundo afecto de clan familiar se reúnen como todos los años para la misma fecha.

- ¿Y, para cuando ese lechón?- Con tono simpático gritó uno desde la cabecera opuesta a la parrilla (el orgullo de Cacho).

- Ya va, esto es un arte, no me apuren.

Cosas como estas eran el libreto de la conversación oficial. Por debajo otra era la historia.

- Tu hermano viene acá a morfar, pero ni una botellita de sidra.

- ¡Callate vos! Y para sentarte a comer te ponés la camisa ¡eh!

- No me jodas. Si hace como cuarenta grados. ¿Por qué no viene el vago de tu hijo a ponerse al lado de la parrilla?

Y así, en cada sector un tema aparte: - Este viejo me tiene podrido con la historia de Perón.

- Bueno, ya nos vamos, es una vez al año.
Los chicos, un sub mundo: - Mirá, la tía se sacó los zapatos. Le ponemos un petardo adentro.

- Pará. Paaaa! ¿me das plata?

Y el padre de quién gritó, dio su respuesta: - Para comprar cuetes, no. Haber si después tenemos que salir corriendo para el hospital.

- Vio que buena que esta la Viví- dijo un vecino a otro que estaba clavándole la mirada en los muslos a la joven mientras embocaba el morro en el borde del vaso. Los estómagos prominentes se pegaban al mantel de hule.

El lechón estuvo listo, se cortó y se sirvió: - ¿Como está?- preguntó Cacho soportando como única respuesta: «Es el lechón más exquisito de todos los que se han hecho a lo largo de la historia de las civilizaciones occidentales» o algo por el estilo.

- Un poco durito- dijo Mingo.

- ¿Qué sabés vos?

- No te pelees con tu hermano.

- Paaaa, me das plata.

- Una patada en el culo te voy a dar si seguís jodiendo.

- No tiren cuetes cerca de los autos. Cuidado, no se acerquen hasta que no sepan que se apagó. Hugo ¿Por qué no los acompañas?

- Dejame, gorda ¿no ves que estoy charlando con mi cuñado?

- ¡Eh! ¿Por qué no le mira las piernas a su mujer?

- Rodolfo, ¿Qué estás mirando?

- Cacho, ponete la camisa.

- Tapate vos que andas con ese vestidito mostrando todas las ...

- Eeeesa, tío.

- Vos callate pibe.

Olor a pólvora debajo de la mesa y sobresalto generalizado: - Che, tus pibes están haciendo quilombo; ¿por qué no los educás?

- Mirá quién habla, el que tiene un tremendo boludón de treinta y dos años que se rasca todo el día.

- ¿Qué tenés que decir de mi pibe?

- Cacho, pará ...

- Por lo menos se que mi pibe es mío.

- Carmen, ¿Viste lo que me dijo?

- Bueno, gente, vamos que faltan cinco minutos- se levantó uno elevando el tono por sobre las mil conversaciones cruzadas.

La mesa se pobló de copas y botellas de sidra. Los más fuertes comenzaron a hacer alarde del descorche. La sirena de la textil empezó a sonar inundando el aire cálido del barrio. Las manos se alzaron: «¡ Feliz Nochebuena !».

Y entre los deseos expresados estuvo el clásico y conmovedor: para que el año que viene todos volvamos a estar reunidos, así. Así, rindiendo homenaje a esa noche de amor y paz que está por cumplir dos mil años.

Hubo abrazos, hubo emoción, hubo besos y sonrisas. Hubo una ráfaga de cohetes, cañitas voladoras y hubo estruendo en la tierra con luces en el cielo. Hubo lechón y duraznos en almíbar. Hubo pan dulce y turrón, del blando y del duro. Y habrá que esperar un año para retomar las conversaciones que la Nochebuena ha dejado pendientes. Noche de paz, noche de amor, noche donde a veces hay demasiado olor a pólvora.

por José M. Pascual

Prohibida la reproducción total o parcial de los textos sin el consentimiento del autor

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