
Yartam era un guerrero mongol que tenía la particularidad de volver sofocante el aire de los lugares a donde entraba. Tan imponente era su presencia que se asemejaba a una formación rocosa. Sus manos eran del tamaño de una cabeza normal, su mirada era rayo, su boca amenazaba con la inminencia del trueno y, fuese del tamaño que fuese la puerta por la que él pasase, debía encorvar la espalda.
Oí de Yartam de boca de mi abuelo. Cuando crecí, y comencé a dudar intencionalmente, dude de casi todo menos de Yartam. Cuando crecí, y comencé a emprender el camino infinito de minimizar mis "dudas", dedique algún que otro momento a buscar a Yartam en libros de todo tipo: enciclopedias, crónicas históricas y hasta en lugares donde era poco probable encontrar algún dato que certificara la existencia de aquel guerrero mongol.
Busque siguiendo un razonamiento bastante extraño (o no tanto). Inconscientemente creo que una doble fuerza guiaba mi búsqueda desordenada. Por un lado el ansia de descubrir que efectivamente había existido un guerrero mongol llamado Yartam; por otro, el deseo de no encontrarlo nunca y evitar así la posibilidad aterradora de que Yartam fuese sólo un producto de la imaginación de mi abuelo. Sea de una u otra forma, creo que el no haberlo encontrado en ninguno de los lugares en donde busqué , era el destino intrínseco de aquella búsqueda. De hecho las cosas que no hice para verificar su existencia fueron muchas más que las que hice.
Ni siquiera se cruzó por mis planes viajar a territorio mongol, nunca pregunté por él a profesores especializados en conocimientos que pudieran ser afines, jamás pronuncié su nombre en ninguna conversación sea esta del tipo que fuere, nunca me preocupé siquiera por averiguar si el nombre Yartam podría llegar a ser de origen mongol (después de todo, jamás lo había visto escrito, sólo lo había escuchado, y pronunciado por una sola boca).
Mi memoria reservó a Yartam un extraño lugar. Un sitio entre Julio César y el Hombre de la Bolsa, entre Atila y los duendes, entre Marco Polo, Alejandro Magno, Tupac Amaru, Francisco Pizarro, Abraham, Napoleón I, Lawrence de Arabia y Sandokán, Robinson Crusoe y Tom Sayer. Un sitio intermedio, no similar al de Adán ni al de Ulises, ellos eran enigmas compartidos y acordados. La existencia de Yartam se paseaba por corredores aún más intangibles. Como si ahora alguien me revelase el nombre de un galo desconocido que hubiese tenido tal o cual actitud ante las filas que encabezaron la invasión romana. Tres opciones me quedarían: darle crédito al narrador, renunciar por completo a la posibilidad de que su narración estuviera basada en hechos reales o despertar en mi un desinterés tan sincero que me ubique más allá de la cuestión que giraría en torno a si ese galo existió o no. Ninguna de las tres pude aplicar a Yartam.
Al llegar a la edad en que la racionalidad invadió prácticamente toda mi capacidad intelectual para convertirse en mis sentidos, Yartam fue desplazado a un remoto lugar parecido al olvido. Y digo parecido porque el olvido es celoso de las cuestiones que pasan a formar parte de su reino y en su constante batalla con el recuerdo jamás salen de su fortaleza los soldados que le son leales. Sin embargo, esporádicamente, Yartam aparecía insinuándose en mi memoria tal como las palabras me lo habían descripto.
Una vez tuve miedo de morir por la simple razón de que quedará sin respuesta la pregunta sobre si el guerrero mongol había existido o no . Antes de que aquello me inquietara como para lanzarme a encontrar decididamente "la verdad", la razón me mostró una carta que no esperaba de su mano: casi ninguna cosa se nos presenta resuelta antes de nuestra muerte. A nadie. Y eso me tranquilizó. Y eso volvió a enviar a Yartam a un lugar donde no perturbaba el razonable desarrollo de mi existencia. Me sentí perverso por buscar la solución a un problema que mi abuelo nunca había planteado como tal. El guerrero mongol que volvía irrespirable el aire de los lugares a donde entraba, realmente existió. Existe. Buscarlo a través de la razón es dejarlo entrar.
por José M. Pascual
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