HISTORIAS DESAPERCIBIDAS

 

Biografía de René Houseman

(El Hueso: un "Loco Lindo")

por Pablo Ivan

   
 

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Hanto, el caballo de Aquiles, le advirtió al mítico e invulnerable héroe que de seguir su guerra con los troyanos moriría. Aquiles haciendo alarde de sus condiciones, se mofó de su corcel y prosiguió la guerra. A los pocos días recibió en su talón un flechazo que fue letal...

Corría el año 1975 y a René Houseman le decían "El Hueso", un apodo poco original puesto que con sólo ver su físico desgarbado, sus piernas tan delgadas que parecían quebrarse al menor roce, se caía de maduro la procedencia de ese "sobre nombre".
El Hueso era por entonces un joven que rondaba los 20 años, que encontraba en el fútbol y en "su" Huracán un lugar para escaparle por un rato a una realidad que lo rodeaba de pobreza y lo condenaba a vivir en una villa (barrio marginal) del Bajo Belgrano. Pese a que la pobreza fue dura en su niñez, René nunca renegó de su condición de "villero" e hizo de esa situación un estandarte, que lo proclamaba con un orgullo digno de imitar.

 

Un wing en el tejado

A René le encantaba el fútbol, pero odiaba el profesionalismo puesto que, si bien le daba una rentabilidad aceptable, lo obligaba a concentrar desde el viernes a la noche para jugar recién un domingo. Eran más que comentadas sus corridas por los techos para escaparse un rato las tardes de los sábados para jugar los "picados" por dinero que se jugaban en la cancha de su barrio.

Ese sábado se escapó como tantos otros pero no para jugar, sino para ir a un cumpleaños. Y en medio de la fiesta el alcohol se le presentó como una tentación irresistible. Tan irresistible que lo que comenzó como una diversión terminaría siendo, con el tiempo, el vicio que lo llevó a la ruina.

Pasado de copas el Hueso recordó, al mirar el reloj, que el partido de ese domingo ante River Plate era de mañana y no a media tarde como acostumbra hacerse en la Argentina. René salió corriendo de la fiesta y llegó "como pudo" a la concentración. No podía sostenerse en pie, sus compañeros se esforzaron por esconderlo de la vista del cuerpo técnico y una vez en la habitación le propiciaron una extensa sesión de duchas frías y una astronómica dosis de café en pos de su recuperación. O algo parecido.

 

Enterró "el Hueso". Nació "El Loco".

Llegó la hora, ese domingo 22 de junio se jugaba la 27º fecha del nacional ´75, el campeonato que a la postre se llevaría River Plate y que le serviría al club "millonario" para cortar una sequía de 18 años.

El Palacio Tomás A. Ducó (estadio del C.A. Huracán) no presentaba un lleno total en sus tribunas, quizás influyó mucho que ese día se "estrenaba" el aumento en el precio de la entrada popular. Sólo hubo, según registros de la época, 36.242 espectadores. Testigos, sin saberlo aún, de un hecho que quedará para siempre en los anales del fútbol argentino.

Como de costumbre con el "7" en la espalda, René Houseman, por disposición de su DT el brasileño Delém, salió a defender los colores de Huracán. La actuación del "Hueso" no fue descollante, sino todo lo contrario, no recuperado aún de su borrachera más bien deambulaba por ese carril derecho del ataque lugar dónde pergeñaba sus más exóticos malabares con la pelota como aliada incondicional.

El partido moría y el 0-0 estaba casi sellado. Casi..., por que René se despertó, capturo un pase de Larrosa, encaró en diagonal, la tiro larga entre los dos centrales contrarios y ante la salida del arquero rival la cruzó al otro palo. Goooool, golazo. Y pese a que tres minutos más tarde River empataría y el 1-1 pasaría intrascendente. Esa tarde sería recordada como el día en que René convirtió un gol estando, aún, borracho.

Con el tiempo y con el reconocimiento por parte del protagonista de su estado etílico, "El Pato" Fillol arquero que lo sufrió aquella tarde declaró: "Me parece terrorífico que eso haya pasado. No habla bien de Houseman ni del cuerpo técnico."

"Los animales a veces hablan, aunque nadie les lleva el apunte". Tanto Aquiles en aquella historia, como Delém esa tarde, son claros ejemplos de ello. Por suerte.

 

Pablo Ivan

   

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