HISTORIAS DESAPERCIBIDAS

 

Peligrosa Obsesión

( Amores que Matan )

 

por Pablo Ivan

   
 

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Lo admiraba, lo idolatraba, lo imitaba, lo amaba tanto, tanto… que el día que al fin la vida los cruzó no pudo evitar quedarse con la suya.

El Hijo ejemplar.

Attilio Romero es un joven de 18 años, nacido en el ceno de una de las familias mas acomodadas de Turín, su padre era un gran médico especializado en psicología. Attilio sabe que su vida se encaminará hacia el mismo destino. Pero por ahora ni se le cruza la idea de ir a la universidad, él quiere ser futbolista y jugar en el Torino, club del cual es un ferviente hincha y en donde juega el hombre que le quita el sueño, Luiggi Meroni, su ídolo. A tanto llegaba la admiración de Attilio por Luiggi que lo imitaba en su forma de vestir y en su look, y  a tal punto llegó a mimetizarse con él que la gente por la calle lo confundía y lo paraba para pedirle autógrafos.   

El Ídolo popular

Luiggi Meroni nació en la ciudad de Como en febrero de 1943, luego de hacer la inferiores en el club de su ciudad (de nombre homónimo) paso al Torino. Los lujos de una ciudad tan imponente como Turín no pudieron cambiar su alma de bohemio. Es que Luiggi era tan distinto en la cancha como fuera de ella, por eso poco le importaba caminar por las sofisticadas calles turínesas paseando a su mascota… ¡una gallina!. Para Meroni la vida no se limitaba al fútbol y por eso cuando las prácticas y los partidos  lo dejaban, se encerraba en su departamento a dedicarle tiempo a su otra pasión, la pintura. Giggi, así lo apodaban, lucía el cabello desprolijamente crecido, unos bigotes, tan anchos como revolucionarios, y era fanático del jazz y de los Beattles. Condimentos mas que suficientes como para seducir a cualquier jovencita de la alta sociedad. Cristiana fue la elegida y con ella convivió en su casa hasta que el padre de la niña, un poderoso empresario, no soporto más la situación y lo obligo a casarse . Allí Meroni saco a relucir su mejor arma, la gambeta, y del altar pasó a las tapas de las revistas del corazón que se hicieron un banquete con el desplante que Giggi le hizo a su, hasta entonces, amada quien sintió como el mundo se le caía encima al verse sola en la inmensidad de la catedral de Turín. Luiggi era así, un ídolo y a lo ídolos se los ama y odia por igual.  

El encuentro. El final…

La tarde del 15 de octubre de 1967 el Torino, jugando de local en el estadio Comunale, derrotó a la Sampdoria y Giggi dio otra demostración de todo lo que sabía con el balón en los pies. A la salida y aún eufórico por la exhibición que había echo su ídolo, Attilio se subió a su auto y condujo con destino a su casa, eso creyó. Pero sin  saberlo iba directo al hecho que marcó para siempre su vida y la de miles de hinchas del Torino. Fue en la calle Rey Humberto cuando Attilio vio como un fantasma salía de ninguna parte e iba a parar debajo de las ruedas delanteras de su auto. Sintió el cimbronazo y supo que algo malo había echo, bajó y vio un cuerpo debajo de su auto. Lo giro y cuando vio esos bigotes frondosos cruzando la cara de ese hombre con los cabellos tan dezprolijamente crecidos, se quiso morir. Él, justo él fue quién terminó con la vida de aquella persona que lo hacía soñar cada fin de semana, él fue quién atropelló al hombre que le hacia creer que podía esquivarle a un destino de médico, él justo él... mató a Luiggi Meroni.

Al funeral asistieron miles de fanáticos, y su féretro fue paseado por la ciudad y exhibido en el centro del estadio Comunale. Para la justicia fue un accidente, por eso Attilio no sufrió condena alguna, pero esto no fue un aliciente para él. Attilio nunca pudo perdonarse aquello y terminó internado en la clínica psiquiatrica de su padre bajo tratamiento. Una terapia de la que le costó casi 10 años salir.

El empresario exitoso

Si de algo le valió a Attilio aquel incidente de su adolescencia fue para esquivar el legado familiar de la medicina, puesto que una vez recuperado se inclinó por las ciencias económicas y trabajo durante casi 30 años en el departamento de relaciones exteriores de la FIAT. Puesto al que renunció cuando su amigo, el empresario Francesco Ciminelli adquirió el Torino y le ofreció la presidencia a Attilio, quién aceptó gustoso y con el ascenso a la Serie A en la temporada 04/05 pudo consumar su revancha y quedar en paz con uno de sus grandes amores. Con el otro será imposible.

¿Cuál es el límite entre el amor y la obsesión?.  Y ¿Cuál el límite entre el querer parecer y el querer ser?... seguramente no hallemos una respuesta convincente. Es que tal vez el límite entre ambas cosas sea tan estrecho como el que existe entre la Vida y la Muerte.  

 

Pablo Ivan

   

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