El circo tiene un sinfín de profesiones y oficios. Una lista en la que azarosamente podríamos dividir a unos más honorables que otros, algunos más redituables, otros más sacrificados, los menos complicados, aquellos arriesgados, inútiles, heroicos, grises, pomposos, gratificantes, así hasta que se agoten los adjetivos o la volunta de seguir diferenciándolos.
Hay en esta gran gama algunos cuantos que se prestan adecuadamente para timar, de un modo casi institucionalizado, al cliente (comprador, receptor del servicio o como usted quiera llamarlo según el contrato que lo una con el poseedor de x conocimiento, de x envestidura o de x comercio).
Operando sobre la ignorancia de determinado saber, usted, por ejemplo, alguna vez habrá tenido que recurrir a un médico. Profesión ideal para que un cúmulo de palabras complejas devengan en análisis, métodos preventivos, remedios y diagnósticos de derivación que entretienen a cualquier billetera. Pero esto no indica que todos los médicos vayan a sacarle a uno más de la cuenta, simplemente que la profesión se ofrece para que el cliente (en este caso: paciente) no se atreva a discutir por qué una lumbalgia lo deja más quebrado que doblado cuando esta afección cobra nombre latino en una frase de quince palabras, desconocidas para usted, ahora en boca del galeno.
El mecánico es un caso conocido mundialmente. Usted sólo sabe que el automóvil no funciona, y cuando el hombre de mameluco engrasado le advirtió que la rectificación de los aros y los cojinetes de bielas llevaron el presupuesto al doble, él sabe que usted ni siquiera va a exigir que se los muestre. Es más, hasta puede mostrarle una bombilla y un hueso de parietal de castor para dejarlo a usted boquiabierto y diciendo ahhh.
Por algo debe ser que algunos sostienen que la ignorancia es nuestro peor enemigo. Igualmente uno debe resignarse a reconocer que jamás podrá saber de mecánica, medicina, artes marciales, filosofía y cocina como para evitar cruzarse alguna vez con un profesional.
Podría hablar de los técnicos en computadoras, los jueces, los arquitectos, los abogados, los críticos, los fontaneros y hasta los instructores de paracaidismo. Pero que mejor si reunimos cualquiera de esas profesiones (o la que usted tenga en mente) con la honorable vocación política.
Todos somos animales políticos, pero en este caso me refiero al que abrazó la política como una profesión: delegado gremial, puntero político, diputado, representante, alcalde, intendente, jefe comunal, presidente de bloque, concejal, presidente de la nación, ministro, o cualquiera que tenga acceso a una caja.
Usted dirá que roban, que tienen una responsabilidad que el pueblo les ha dado, que deberían comportarse como prohombres, que antes de llegar a ese puesto habían prometido no sé qué cosa y ahora no sé qué otra.
Sepa que la tentación del paraíso plástico es mayor a la del castigo infernal terrestre en muchas partes del planeta. Gastos de representación, inmunidad diplomática, gastos reservados, partidas, subvenciones, ahhhhh. La profesión a la que quizás todos quieren llegar pero pocos se atreven a admitirlo.
En algunos casos fueron tan obscenos que rompieron la isla del tesoro a la que el resto de los mortales teníamos negado acceso. De ser más mesurados en conjunto, quizás jamás nos hubiese inquietado como funcionan los gobiernos así como tampoco la relación entre el cigüeñal y la homocinética del tren delantero. Sin embargo cuando la obscenidad llega a cierto punto: no hay oficio ni profesión que la proteja.
Lleva tiempo pero es necesario. Cuanto más sepamos que tiene dentro una computadora, más difícil será que el técnico nos cobre por conectar la sandía epistolar flotante al receptor del mother de lenguaje binario del reproductor de CD inserto en la boca del termotanque de micro afinación dual. Cuanto más sepamos de que es ser un político elegido por el pueblo para representarnos y le exijamos un comportamiento (que no por necesidad debe ser el nuestro), cuanto más nos adentremos en el funcionamiento de las instituciones, cuanto mayor derecho a la crítica ganemos a través de la acción, cuanto menos nos encojamos de hombros al ver la comedia del gobernar, cuanto menos nos escondamos en la tragedia, cuanto más sepamos de los mecanismos internos de ese sistema y abandonemos la mesa de café para decir “son todos ladrones”, “todo es lo mismo”, “no hay salida”, “a mi que importa”; cuanto más ejercitemos nuestro compromiso intelectual y por qué no físico, menos oportunidades tendrán los profesionales de la política de convertir ese oficio en un oscuro lugar donde el cliente (ciudadano) escuché y vea las cosas que ve y escucha.
por José M. Pascual
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