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La
televisión está en medio de la sala. Fantaseando con que
extraterrestres llegaran una vez que la última exhalación del último
humano hubiera finalizado, los visitantes tendrían serios problemas en
dar sentido al omnipresente aparato.
Algunas crónicas hablaran tal vez de
un medio de comunicación, otras de un dios electrónico al que se le
rendía culto en casi todos los lugares donde habitaban los terrícolas.
Sea cual fuese la hipótesis de nuestro cronista externo, no faltaría
gravemente a la verdad.
Si Freud pudiera ir a los programas de
debate sería más conocido como el tipo de barba y anteojillos
graciosos que opina, que por sus trabajos en el psicoanálisis. Si
Poe hubiera entrado en esos concursos para estrellas pop la gente lo
saludaría por la calle aunque jamás hubiesen leído ni una línea de
su obra : - eh mira, allí va el depresivo de la tele... te
queremos Edgar !
Un instante de gloria, un céntimo de
fama, un segundo de reconocimiento, una vida por estar en pantalla y que
mi rostro tenga el brillo de los rayos catódicos.
Y ahí cobran vida miles de rostros de
tan efímera existencia como de tiempo de exposición dispongan.
Se conocen casos de gente que se la creía muerta y solo habían dejado
de estar en pantalla. Se sabe de personas que si no lo ven por
televisión es que no paso. Y lo que es peor, hay casos de
individuos que juran que todo lo que pasa en esa caja pasa de verdad (en
el sentido más básico de la palabra, y sin entrar en profundidades
espiraladas respecto al término verdad).
Cuestión que este “dios” es
monstruoso y no es tan misericordioso como cualquier otro. No
escucha plegarias, no tiene piedad, no es justo. Tiene la voluntad
de dominarnos entregándonos la plena libertad del control remoto para
nada pedirnos a cambio, y con esa simple razón es lógico que gane
adeptos más que fieles. Después de todo quién se negaría a
pertenecer a una religión que no exige nada : ni fe, ni dinero, ni
moral, ni compostura, ni presencia, ni nada. Sólo da, da
entretenimiento, información, emoción, en fin, lo da “casi” todo,
y como cuota de perversión, ni siquiera nos pide que la defendamos al
momento de que algunos opinólogos alcen su voz para agraviarla.
Pero quizás lo más fascinante es la
confusión que genera. El premio excesivo y vacío que entrega a
los que pasan por sus rayos.
Respecto a la reina de la confusión
llegan varios casos recientes a mi memoria : “Joven
secuestrado recupera la libertad” y habiéndose televisado todo el
angustiante proceso el chico ya era una celebridad en cuya puerta de
casa se agolpaban jovencitas dispuestas a abrazarlo a falta de un Luis
Miguel o un Ricky Martín dando vueltas por allí. El chico no había
hecho nada, había sufrido un secuestro, estuvo privado de su libertad más
de un mes, era de celebrar para el seno intimo su regreso con vida, y
estaba saludando desde un balcón disfrutando de la efímera gloria que
tres minutos diarios de pantalla le habían regalado.
El segundo caso no es menos patético :
un celebre (puertas adentro de la universidad) semiólogo fue invitado a
un programa de debate sobre la muerte de Lady Di (accidente, fatalidad,
asesinato, ya saben). Cuarenta minutos en silencio, una opinión
que nadie llegó a comprender y los saludos en la puerta del canal de
personas que suponen que la semiología debe ser algo así como el
estudio de los simios pero bien vale la pena saludar a cualquiera que
haya estado más de dos segundos en pantalla. El hombre estaba allí,
con un recorrido de trabajos editados, libros premiados, reconocimientos
y galardones en claustros internacionales, sin embargo para la gran
mayoría el profesor cobró vida en ese momento, quizás el más ridículo,
de su existencia; en el televisor. (Aclaro que no es crítica mi
exposición, de hecho conocemos a más personas por aparecer en pantalla
ya sea a través de documentales, noticiarios, etc. que las que
conocemos por acercarnos a sus verdaderas obras; pero hay foros donde el
mejor nadador queda atrapado por las algas y peleando por respirar
mientras los que flotan en la superficie no se exponen a tales peligros
llegando mucho más airosos a la costa).
El tercer caso es el de un hombre que
eligió los estudios de un canal para ponerse un revolver en la cabeza y
decir que había tomado esa determinación porque la mujer lo había
abandonado. Su estado de desesperación elevaba el raiting
mientras él exigía que su mujer fuera a buscarlo; cosa que sucedió y
todos pudimos ver a la pareja irse del estudio en ambulancia (los
nervios le hicieron que disparase y se voló dos dientes ante el espanto
de los televidentes que seguíamos el recorrido de la sangre en la
repetición con cámara lenta).
Créalo o no, aquel hombre pensó que
la única manera en que su mujer lo iba a escuchar era a través de la
televisión. Podría haber echo un curso de actuación, llegar a
protagonizar una novela y filtrar algún mensaje para su mujer entre los
párrafos de un guión, pero eso puede llevar años o vidas sin que
ocurra, por lo tanto, y por suerte para él, siempre hay instantáneas
en la TV; polaroids puras, concretas y nada subliminales.
El último caso (que es tan general
como cada grilla de programación), y podría dar ejemplos ad nauseam,
lo protagoniza el periodismo cuando enfoca su artillería mediática.
Hace cuatro meses había niños desnutridos muriendo en Argentina, luego
una ola de turistas intoxicados en Brasil, más tarde un motín en una
prisión de Colombia, el mundo se llena de sospechosos en el preciso
instante en que el presidente de los Estados Unidos lo anuncia por las
cadenas más importantes, tensión en oriente y tenemos imágenes
“exclusivas” de cómo intentan cruzar la frontera ilegales llegados
desde la costa africana.
No es pecado poner atención en
distintos lugares, no es pecado ir tras la noticia como las pirañas.
No es pecado decir lo que si y lo que no interesa a ese invento llamado
opinión publica. No es pecado vender como noticia “un día en la vida
de Madona” junto al terremoto en Japón. Lo que si
es pecaminoso, a esta altura, es culpar al periodismo ligeramente como
si fuese una profesión externa a la mugrosa metrópolis. Si es
pecado creer que si esos chicos no salen por televisión ya deben estar
bien alimentados, si es pecado sospechar que ya no debe haber gente
desesperada intentando ingresar de cualquier forma a otros países para
huir del horror, si es pecado creer que las cosas “solo pasan”
mientras pasen en la televisión.
Esto puede llevarnos al exceso de estar
realmente muertos y creer que estamos vivos simplemente porque nuestra
necrológica no apareció en el programa de mayor audiencia.
Puede sonar extremo, pero si hoy
queremos reconocimiento, justicia, piedad, amor, lastima,
misericordia, soluciones, admiración y demás : no hay
nada mejor que la televisión.
Todos los demás caminos son increíblemente
mas largos y complejos. Pero si no nos importa el sabor de la
torta y solo queremos verla salir rápido del horno luciendo hermosa ;
que sea frente a cámara en una cadena televisiva. Eso si, después no
nos tentemos con probara. Su olor a amoniaco nos puede matar.
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
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