el homo conecto

El presente generó un nuevo tipo de necesidad.  La necesidad de estar conectado.

Si bien desde hace ya tiempo dan cuenta de esto las publicidades y las modas, la necesidad como tal  (es decir como un sentir interiorizado ) se desplaza sutil, pero inexorablemente en la retaguardia de la tecnología y del poder adquisitivo de cada uno.

El estar conectado es una necesidad pre natal aunque no vaya a detallar aquí lo indispensable del cordón umbilical.  Si nos pensamos como seres a través de los tiempos encontraremos las necesidades de conexión con la naturaleza, de conexión con el espíritu y de conexión entre los de nuestra misma especie,  pero el hombre conectado al que me refiero es el que albergó la necesidad de disponer de toda la tecnología que nos brinda el mercado para sofocar la fabricada necesidad de conexión.

Así el homo conecto perfecto deambula solitario por las calles rodeado de una multitud igualmente conecta : tres celulares, teléfono, cable, Internet, televisión satelital, radio, un bipper, dos walkman, un cd player con lector de mp3, un marcapasos, una bolsa para la caca del perro, un chaleco térmico, anteojos antirreflex y una camiseta de Greenpeace.

Inclusive nuevos modismos regionales del hombre conectado urbano dan contexto lingüístico a tal sensación : “necesito desconectarme, ponete las pilas, estoy enchufado, estamos en contacto”.  Todas afirmaciones, negaciones, inquisiciones y admiraciones dignas de una placa de sonido, un capacitor, una válvula o una ficha pin fino.

Si uno quiere conservarse virgen en este aspecto, chocará duramente contra cierta realidad.  Podrá ufanarse de estar en armonía con su propio ser, de no precisar artefactos para comunicarse con el prójimo, de vivir en conexión natural con el entorno.  Pero un día llegará alguien y le dirá : “llamamé, si no me encontrás marca el del celular, si te atiende el contestador mandamé un mail, ¿vos tenés e-mail ?¿ sabías que te parecés al de Expedientes X, como qué es ?... una serie que dan por cable , ¿no tenés?  ah me olvidaba,  ¿te acordás la dirección de la página web del banco que tengó que pagar unas cosas?

Si usted recibió está ráfaga conectiva de parte de la mujer de su vida o de quien creía que era el hombre ideal : malas noticias.   Ante los ojos de su interlocutor usted acaba de cumplir el mismo ciclo incandescente de una estrella que acaba de morir en el universo.  Usted está desconectado como ser social urbano.  Y lo que ayer marcaba diferencias infranqueables en las telenovelas entre ricos y pobres, hoy no es cuestión de abolengo sino de colectividad, ya que la conectividad de la que uno pueda disponer es temperatura casi inequívoca de lo que uno puede materialmente tener.

Pensando en esto, pero aun mayormente en mi pasión por la comunicación, subsistí un tiempo considerable sin televisión por cable.  Los pocos canales de aire me alcanzaban, buscaba justificaciones ideológicas de por qué no tenía cable e inclusive trataba de convencerme buscando a aquellos que estando conectados decían : “ah, tenés 360 canales pero solo son interesantes dos o tres”.

Jamás pasó por mi mente pagar para ver televisión, sería como pagar para escuchar radio.  Sin embrago la información llegaba a mi desconectada necesidad de conectarme. Los Simpsons estreno, los mejores recitales, documentales, porno, el campeonato del mundo, Ren & Stimpy, reportajes a personalidades que no tienen espacio en la TV abierta, etc.  Y yo me mordía las uñas mientras repetía “puedo vivir sin eso, puedo vivir sin eso”.

Mis amigos hablaban de series que no sabía que existían, mi entorno discutía a cerca de cosas que habían visto en la CNN.  Mi cerebro gritó la necesidad de conexión y de ser una imagen ese momento hubiera sido yo vestido de super héroe mordiendo el cable del vecino y arriesgándome a cualquier enjuiciamiento por parte de la compañía distribuidora del servicio.

Hoy estoy feliz, como todo aquel que se conecta, todavía disfruto de la efímera alegría que brinda el sentirse un homo conecto.

Conseguí un trabajo en el que estoy conectado a Internet y ahora puedo hablar también de triples Ws y hasta tengo mi cuenta de e-mail por si alguna vez conozco a alguien que haya adoptado el apellido hotmail o yahoo.

Solo me falta el celular.  Y aun estoy en la etapa de negación : “solo sirve para que te ubiquen cuando no quieres que te molesten, como vivía la gente antes sin celular, seguro que lo pierdo, es una molestia...”

La única realidad es que es caro.  Muy caro.  Pero ser un homo conecto es caro.  Ventajas y desventajas del presente.  Ayer había que pararse para ser un homo erectus, había que pensar para ser un homo sapiens, el homo conecto no nace, se hace, cuesta dinero,  e igual que un mono amaestrado:  moriría en dos horas si volviera a su estado natural, o si le cortan la luz.

Ese es uno de los precios de nuestra cultura. Esa cultura de la conectividad que seguro comparto con usted.  No todo la humanidad pertenece a esta cultura aunque se den monjes budistas conectados o páginas webs de criadores de escarabajos en Tailandia.  Sin embargo nuestra cultura nos ha dado una máxima que fusiona el concepto de libertad y conectividad.  Deduzco entonces que más libre seré mientras más dinero tenga para pagar mayor conectividad, y por  ende estaré más cerca de sentirme libre.  El mundo a mi alcance y cuando yo lo disponga.  Entonces ese día saldré al grito de “me siento libre”.  Claro, eso  luego de verificar que deposite en mi cuenta la cifra global del costo de mi estado conectivo mensual, que la batería de mi celular esta cargada, que recordé programar la video para grabar lo que pase mientras con mi walkman corra libremente por el parque y mis zapatillas inteligentes envíen señales a mi cinturón digital el cual marcará el ritmo de mis pulsaciones.  Ese día, este homo conecto sabrá adonde va y ya no tendrá en la garganta el vértigo que produce el sentirse naturalmente libre.  Ahí estará mi reloj para decirme donde debo estar y yo dejaré de pelear contra la esclavitud a la que me confina la ausencia de un cable encastrado en mi columna vertebral.

por José M. Pascual

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