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En
el circo de la actualidad hay verdaderos maestros de la realidad
virtual, y no me refiero a las maravillas tecnológicas que hacen, entre
otras cosas que usted, estimado lector, este conectado a Internet.
Me refiero a la construcción de una realidad paralela, que si no
presenta fisuras, es el ideal de cualquier dueño de circo.
Si
yo llego a ser dueño, por la vía que fuese, de un circo tercer
mundista (aunque sea por un período), y digo tercer mundista porque la
tarea me seria más fácil aún, mi primer paso deberá ser comprar a
los críticos circenses.
Quizás usted no este muy al tanto de cómo funciona el mundo del
circo, así que mejor lo expresaré con una metáfora pasando todo esto
por ejemplo... a un país.
Como
presidente tomaría medidas populistas que en realidad sean más frases
rimbombantes, de esas que les gusta oír hasta a los intelectuales
adinerados, que medidas en sí mismas.
Algo
importante es, casi al unísono, ganarme la simpatía de los medios de
comunicación (en sitios donde los monopolios florecen esto es más
simple ya que deberé dialogar con dos o tres personas para haber hablado
con todos los medios más influyentes del país).
Está simpatía se obtiene con rebajas de impuestos,
cancelaciones de deudas con el estado o asegurándoles un monto de pauta publicidad (perdón, quise decir espacio para difusión de obras
de gobierno) Aclaro que no será mucho gasto para lo que es la cifra de un
presupuesto nacional.
Entre
otras cosas también debo mostrarme simpático con la prensa, sobre todo
la televisiva, y desarmar a aquel que venga con intenciones de preguntas
incisivas con una sonrisa y algún dicho que poco tenga que ver con la
pregunta original.
Por
ejemplo: Señor ¿qué dice de los índices de desocupación? Digo que
no son índices, es gente que está sufriendo y debemos pensar en ellos.
Eso
si, antes de la repregunta lo más aconsejable es hacer como que uno
saluda
a alguien hipotético y subirse al automóvil de vidrios oscuros.
Mi
agenda, así como la de un productor, deberá tener los números
personales de los popes del periodismo (esos seis o siete que influyen
sobre el resto) y mantener una comunicación fluida sobre todo cuando
vea que no están siendo del todo obsecuentes (perdón, corteses sería
más apropiado).
Nada de perder la paciencia con amenazas y esas cosas que pueden
ser tomadas como un rasgo autoritario.
A veces un sobrecito con una tarjeta de invitación a una cena, o
una cara cómplice de jugamos para el mismo equipo, puede más que un
abuso de poder del que siempre habrá tiempo de echar mano.
Una
vez aceitada esa rueda que es la que me contacta con el pueblo, pocas
cosas me pueden jugar en contra.
Sólo pediré buena voluntad, después de todo de eso se trata:
cuantas veces hemos dicho de alguien “es simpático” obviando su
calvicie, mal aliento, carácter iracundo, renguera, falta de ética y
abdomen prominente.
Así también se puede titular: “Subió el poder adquisitivo y
la gente consume más”; que esto ocurra en comparación con Irak o que
se refiera a un 5 % de la población, puede ser relegado a los últimos
renglones para que, en todo caso, el periodista no se sienta que traiciona
su ética profesional falseado la realidad.
Si así y todo se siente mal, le recomendaré que recuerde que
una cosa es mentir y muy otra no decir toda la verdad.
Al menos así funciona en política y me gusta que algunos
ejemplos de la política se vuelquen al periodismo.
Si
todo va bien, habré logrado construir esa realidad paralela que me
llevará a la galería de la fama hasta que la historia me ponga en mi
lugar.
Volviendo
al circo, que es de lo que hablamos aquí, si yo promociono un león
azul y muestro en la entrada una imagen de un león azul, si al menos
una persona por fila comenta la belleza del león azul, si a mis
empleados les exijo que hablen del león azul cada vez que se refieren
al león, si distingo entre la platea a los más apáticos y les prometo
cachorros del león azul: la función será un éxito.
La gente saldrá del espectáculo maravillada; hasta yo mismo, en
el peor de los casos, me sentiré orgulloso de poseer al león azul.
Y lo único que en realidad no habrá importado es el color de león.
El
cuento podría terminar aquí, pero el león sabe de que color es porque
está en su instinto, y el día que los aplausos lo aturdan: el hambre
lo puede hacer rugir de tal manera que hasta al domador se convencerá de su
verdadero color.
Y el león azul de la realidad virtual será del color que son
los leones en la realidad. Y hasta quizás el mundo entero se sorprenda
de que no fuese azul.
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
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