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Me
ha tocado en suerte residir en un país sudamericano y desde pequeño
aprendí que el árbol de navidad debe llevar nieve. Entonces las
bolitas de tergopol o el algodón. servían para nevar el paisaje del
pesebre y esperar la llegada del hombre gordo que traía regalos.
Ya
más crecido alguna vez me pregunte por qué la nieve en el árbol y el
pesebre mientras mi familia se reunía, en una mesa larga con 40 grados
de temperatura, a comer manjares típicos de las zonas gélidas.
Supuse
primero que como Santa Clauss, San Nicolás o Papá Noel (según como se
lo conoce en cada región) llega desde el frío, la nieve lo haría
sentir como en casa. Luego supuse que quizás en Belén hace 2000
años el clima era frío y las nevadas eran parte del paisaje. Por
último llegué a la conclusión de que nieva en Nueva York y que eso es
lo que en realidad importa.
Creía
también que todo el mundo celebraba más o menos de la misma manera,
que el mundo salía a comprar regalitos, que todos comían uvas y nueces
la Noche Buena y que había estatuillas de los reyes magos en cada hogar
iluminado.
Lo
cierto es que las fiestas no pasarán desapercibidas: la televisión
comienza dos semanas antes con sus emisiones de películas de títulos
sugerentes para la fecha: Jesús de Nazareth, Ben Hur, Milagro en la
Calle X, Santa Clauss en La Gran Manzana, etc.
Inclusive
los noticiarios se contagian del llamado espíritu navideño y titulan
acorde: Milagro en el Bronx, Navidad en los barrios pobres, Esperando el
milagro para Anita (una nena que necesita ser trasplantada) o El lotería
navideña llegó en trineo.
Una
pequeña parte de la población mundial celebrará estas fiestas de esta
forma y al pertenecer uno a ella, cree que el mundo está inmerso en esa
cuestión. Y Santa llega en trineo al caribe, a Sudamérica y
hasta alguna que otra isla paradisíaca bajo el riesgo de derretírsele
las nieves.
Son
millones de chinos, indios, árabes, africanos, etc. para los cuales
nieve, trineo, Santa Clauss, pesebre y estrellas de Belén no significan
demasiado.
Para
el occidente criado por Hollywood: navidad significa regalos, compras en
el centro comercial, renos, árboles nevados y villancicos entonados con
devoción religiosa.
Y
el poder mediático marketinero y comercial hace felices a algunos pocos
niños y supera la imagen que guardaremos de navidad más allá del
Vaticano.
El
hecho es que ya a está altura no sufro porque no nieva en la región
donde vivo (alguna vez llegue a creer que era el precio de vivir lejos
de donde Papá Noel tenía su taller), tampoco me importa simular nieve
con 40 grados de calor y comer nueces, avellanas, almendras y demás
conglomerados calóricos dignos del crudo invierno.
No
me inquieta tampoco la pisco rebelión modernoide del discurso: que las
fiestas no se conviertan en un simple hecho consumista. Me vale
poco que el mundo navideño sea fiel espejo de una navidad blanca cuando
nunca he visto nevar en mi pueblo.
Ahora
simplemente me dejo descansar sobre el monstruo simpático que adorna mi
chimenea apagada: un árbol sintético, con nieve artificial, muñequitos
conmemorativos, tarjetas con nieve y perros blancos, luces que titilan
como Las Vegas, adornos futuristas de calidad ruinosa y una musiquilla
de publicidad de gaseosa.
Y
ese día celebraré la excusa más extraña para reunirme con quienes
quiero: un nacimiento en un pesebre oriental y la venida de un obeso
bonachón desde lugares nevados, lo que quizás lleve a los lógicos del
futuro a deducir a través de esta última afirmación que yo tenía
parientes emigrados a algún país cercano al Mar Rojo y esperaba la
llegada de un turista escandinavo conocido a través de Internet.
Pero aún así la imaginación lógica volverá a fracasar ante la
realidad de los hechos capaces como siempre de romper toda lógica: mi árbol nevado a 40 grados en el
verano
sudamericano.
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
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