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Hoy
estoy convencido que un intelectual con deseos de convertirse en
popular debe trabajar para acuñar dos o tres freses célebres y nada
más. No importa demasiado su trabajo, tampoco que este sea generador de
un nuevo paradigma ni mucho menos.
Creo que en
realidad lo único que fluye a través de calles, edificios, vías,
carreteras y ciudades modernas son aquellas frases breves y
contundentes, sobre todo en estos tiempo de titulares y de memoria
frágil.
Tenemos tres
especies de citadores de frases celebres: los que citan la frase (hasta
a veces erróneamente) sin conocer más que el nombre del autor de la
misma y hasta a veces ni eso.
El que sita la
frase y conoce el nombre del autor y hasta un par de datos biográficos
que no hacen a su obra, por ejemplo que el tipo que acuño la frase era
gustoso del jugo de naranja y era homosexual o que le gustaba la pesca
submarina y su suegra lo odiaba.
Y por último
tenemos el citador de frase completo, es decir: conoce la obra de autor,
el contexto en que acuño la frase y las posibles interpretaciones de la
misma con sus posibles derivaciones y complejidades. Este ultimo suele
hasta sorprender al mismo autor de la frase que se pone a pensar ¿Cuándo
habré dicho eso?
De estos tres
citadores, me referiré a los dos primeros ya que me parecen más vistosos
y son los encargados de llevar al ámbito cotidiano y popular las dos o
tres frases de diez o quince personajes celebres.
En terrenos
discursivos siempre estará bien visto la cita textual de una frase
celebre. De hecho, los griegos, encargados de teorizar detalladamente
sobre los artilugios del discurso, reconocían el impacto de comenzar,
finalizar o intercalar citas celebres para hacer más efectiva una idea.
En la
construcción comunicativa es casi inevitable caer en la tentación de la
cita celebre. Casi como una popularización del discurso académico hoy
la cita celebre es casi figura obligada hasta en el almacén o el
transporte público.
Estoy convencido
que se debe trabajar solo para acuñar tres o cuatro frases celebres, de
las cuales seguramente dos o tres quedarán para la memoria del olvido.
Pero estas deben ser impactantes, no podemos quedarnos en mediocridades
y debemos tratar de que las mismas no sean ni demasiado confusas ni
demasiado claras, ni muy extensas ni excesivamente breves; como se ve,
no es tan simple.
“Dios a muerto”
escribió Friederich Nietzsche alguna vez, y ni siquiera esa frase es
completa. Quienes la citan gustosos conocen poco y nada de la compleja
obra del autor alemán; y no es un reclamo, pero si Nietzsche hubiera
vivido hoy le hubiera alcanzado con decir eso en un Reallity Show para
gozar de igual fama. No importa el contexto, no importa el momento
histórico en que fue acuñada, no importa la realidad e historia
intelectual del autor, importa solo que pueda rubricar esa frase con el
nombre y apellido de una celebridad para darle prestigio a mi discurso,
y a mi ser discursivo, mostrando pornográficamente cierta
intelectualidad básica.
Otros ejemplos
jugosos son los políticos, gustosos hasta el hartazgo de las citas
celebres: como dijo Churchill, como dijo Charles de Gaulle, como dijo
Lenin, Perón, Simón Bolívar, Pancho Villa, el Che o Lincoln”. En estos
casos llegando a citas ridículas e incomprobables que culminan
desarrollando extrañas “Citas Posmorten”. Declaraciones que el citado
jamás realizó, pero que por deformación adjudicatoria terminan en boca
de muertos.
Desde el lugar de
la firma, cuando esta tiene peso popular reconocido, se pueden generar
cosas realmente increíbles, como frases que en realidad no dicen
demasiado pero que avaladas por una celebridad pasan a ser
indiscutiblemente celebres.
Como dijo Mahatma
Gandhi “El perro de mi vecino se rasca porque le pica”. Una maravilla,
la frase puede ser de cualquiera, e inclusive hasta el mismo Gandhi pudo
haberla usado alguna vez, todo incomprobable, pero quien le quita al
citador ese halo de veracidad y esa cara de indiscutibilidad.
“Dios no Juega a
los dados” es lo que nos queda de Albert Einstein, “En un futuro todos
tendremos quince minutos de fama” y Andy Warhol los tuvo, “Se que soy un
soñador, pero no soy el único” John Lennon, “Pienso luego Existo” y no
importa si escribo correctamente Descartes o si creo que René es nombre
de mujer, “La religión es el opio de los pueblos” y la revolución que
Lenin soñaba duró lo que los sueños porque “La vida es sueño y los
sueños sueños son” dijo Calderón (no recuerdo si un literato español o
un delantero Colombiano de la década del 60).
Lo que queda son
las frases celebres, tres o cuatro, y a veces ni eso, porque el bisturí
de los forenses verborragicos se encargarán de reacomodar esta morgue
discursiva caótica y dichosa.
No puedo
evitarlo, debo citar, “Pase una noche extraordinaria, y no fue esta”
Groucho Marx en la entrega de los Oscars. ¿O fue Karl Marx? A veces no
alcanza con solo el apellido. Por eso es recomendable realizar una cita
previa a la cita; una frasecita que acompañada de una expresión de “se
de quien estoy hablando, pero creo redundante declararlo” viene bien
para salvaguardar que el interlocutor juzgue mi capacidad de citación.
Esta frase es: “Como dijo alguien alguna vez…” ¿mágica verdad? Un
verdadero muro solo franqueable por la impertinencia.
Como dijo alguien
alguna vez: “Esto es todo amigos”.
¿Qué quien dijo
eso?
No sea
impertinente. Adiós.
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
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