la cultura de la cuenta regresiva

En diciembre del año 1999 las sociedades regidas por el calendario gregoriano fueron testigos inconcientes del  ejemplo menos poético y brutal de la cultura de la cuenta regresiva.  Muchos teníamos pensamientos lucidísimos del tipo: "no volverá a haber un mil nueve y algo", "un siglo se termina y yo estoy aquí, que bueno!", "seguramente todo colapse en el primer segundo del 2000, pero estoy tan seguro de eso como de que la mitad de los asientes a la opera van a acompañar a la otra mitad".

Lo mejor vino después, ¿recuerdan?, una serie de astrónomos, astrólogos, estudiosos de las culturas de un atolón ubicado en el pacífico, matemáticos, epistemólogos y artistas de varieté muñidos de sahumerios, salieron a declarar que el pasaje de siglo en realidad se daría en el 2001, en marzo, a mediados de año, con el equinoccio, cuando se registrará la primera pleamar, cuando comenzará la nueva temporada algún programa de entretenimientos o cuando los mayores de cuarenta dejaran de preguntarse que significan los separadores de MTV.

El resultado fue frustrante, el cambio de siglo solo sirvió para que algunos de esos chistoso inimputables digan, en enero del 2000 refiriéndose a algo de diciembre de 1999: "eso es del siglo pasado" acompañando el comentario con gesto de ¿necesito explicar mi humor intelectual?.   Pero peor aún, como si esto fuera poco, hubo un cono de sombras temporal donde el debate se generó a partir de si era correcto enero del 2000 o enero de 2000.

Lo que sí dejó en claro el suceso es que nosotros como especimenes sociabilizados vivimos en la cultura de la cuanta regresiva.  Claro, casi desde el comienzo, esperando la época de cosecha o contando cuantas lunas restan para X ritual.  Pero los nuevos vientos trajeron ese signo de los tiempos mejorado y pulido en veloz y electrizante ritmo. Evitando un claro pensamiento, de hecho me sentiría un traidor citando a Schopenauer, Freud, o cualquier otro cerebro que haya pensado teorías de este tipo con mayor esfuerzo que el de estar sentado bebiendo un whiskey de dudosa calidad, puedo admitir que la cultura de la cuenta regresiva no es un intento de sobrevolar lo que algunos pensadores conocen con el nombre de pulsión de muerte, es más, ni siquiera es un intento de nada, es que realmente el hacer y el pensar actual (y no tan actual) está cruzado por esa "cuenta regresiva permanente".  ¿De que hablo cuando digo Cultura de la Cuenta Regresiva?  pues del efecto mediático, publicitario y de la noción moderna (o posmoderna, según a usted le agrade Habermas, Heidegger o no le agrade nada y le importe un cuerno cualquier filosofo alemán, o no alemán) de goce. 

Cuando siento placer no cuento y cuando sufro sí.  Y la vida es sufrimiento, y entonces... no, tampoco nos pongamos tan apocalípticos.  Así de simple, cuando siento placer el tiempo transcurre más rápido y cuando no.... simplemente no.  ¿Y tanta historia para llegar a semejante conjetura digna de un ebrio en un bar valenciano?

Le pido respeto, aún no estoy ebrio y jamás estuve en Valencia aunque en verdad me gustaría.  Y si lo pienso, no se por qué, pero me gustaría.  Aunque de hecho puede que jamás pise Valencia porque de hecho no estoy contando los días que me restan para partir hacia Valencia.  En fin, todo esto no importa, vuelvo a la cuestión de Cuenta Regresiva y Goce.

Usted, con ganas de rebatir toda idea ajena dirá: Y yo, que soy escalador, y gozo con esa empresa, porque en mi mente aparece la idea de "no veo la hora de llegar a la cima" y cuento cada paso con lógica de cuenta regresiva.  Pues bien, podría herirlo diciéndole que usted no goza escalando, usted goza llegando a la cima tomándose una foto, bajando, dándose un baño, quitándose ese ridículo atuendo de escalador, colocando las fotografía sobre una chimenea construida para tal fin, haciendo una reunión con sus amigos y allegados y diciéndoles "aquí es cuando llegué a la cima del Tupungato". Y su goce es ese, y no el escalar.

Veo a alguien por el fondo preguntándose, yo cuando mantengo relaciones sexuales, pienso ¿ya habrá pasado un tiempo prudencial? ¿estará bien así? ¿que pensará de mi? ¿cuanto falta?  y juro que estaba gozando!!!! Bueno, no nos pongamos tan finos en las apreciaciones, voy al hecho de que en realidad cuando concretamos ese tipo de acercamientos no estamos pensando con deseo y ansiedad el hecho posterior a establecerlo, sino el hecho de establecerlo en si.  Y no siga, porque no me referiré aquí al goce que produce el recuerdo de lo gozado y que muchas veces es fin transformando el goce en medio anulándolo como goce para transfórmalo rápidamente en recuerdo de goce.  El ejemplo de esto es aquellos que buscan una noche intensa sólo para tener que contar en la mañana.

Haciendo un apartado en referencia al trabajo, que quede claro, el trabajo es sufrimiento.  No existe quien en su trabajo no ejercite la cuanta regresiva.  De hecho esta tan sociabilizado, que hay gente que se pone feliz siendo viernes sabiendo que debe trabajar el sábado y el domingo.  Allí la cuenta regresiva supera hasta la propia sensación.

Hijas de "que pronto pasa el tiempo", "ya casi se pasó el año" o "como vuela el calendario, si parece que ayer no más estábamos en enero", esta su contrapartida: "se me hace pesado", "cuando termina", "acabo de ver el reloj y solo pasaron 5 minutos".

El hecho es que cuando estamos gozando una victoria el tiempo es un fantasma que no nos inquieta y cuando la derrota es notable buscamos milagros en los relojes.  El tiempo es dinero, y quién no necesita ir a en su búsqueda desesperada por la supervivencia (el ejemplo no es valido para quienes la tienen garantizada como el hijo de Alberto de Mónaco y la azafata), debe convivir con la cultura de la cuenta regresiva.  ¿Cuánto me falta para cobrar? ¿Cuando falta para que comiencen mis vacaciones? ¿Cuantos días faltan para el vencimiento de esta deuda?

Y una vez que nos acostumbramos a ese barranco y cobramos velocidad ¿Cuantos sueldos necesitaría para llegar a comprar eso? ¿Cuantos días me quedan de estas vacaciones? ¿Cuantos días faltan para volver a endeudarme?

Todo hace parecer que tenemos algo importante que hacer luego: más importante que el supuesto goce que debería implicar hacer lo que estamos haciendo, y de hecho nuestra mente juega con eso: si te estas preguntando cuanto falta para que termine una película que estas disfrutando, si uno se pregunta cuanto tiempo le queda a ese espectáculo que esperó durante meses, si uno apura el último trago para ver la ¿satisfacción? del vaso vacío, simplemente habrá hecho el pacto con Cronos.

Debo ver esa película, todo el mundo la vio.  Debo ir a ese sitio, todo el mundo fue.  Debo comprar aquello, todos lo comprarían.  Y mi goce estará guiado por el deber, y mi goce no será goce, será deber.  Y el deber es deuda y la deuda es algo que debo, se escribe con un signo menos en el balance y es el artífice de la cuenta regresiva.

Síndrome de la cuantiosa insatisfacción, con que nos nutre día a día la vida social mediatizada, son las escenas de la vida cotidiana.  Cuento los minutos que me quedan para seguir en la cama, cuento los que restan para la llegada del tren al anden, veo en la televisión el tres, dos, uno, cero emitido desde Houston y el despegue de alguna cosa hacia algún sitio lejano, cuento cuánto me queda hasta el corte del mediodía en el trabajo, cuento cuánto me resta para volver a mis tareas, cuento cuánto me falta para salir de ese lugar, cuánto para llegar a casa, cuánto para que termine la película que estoy viendo, cuando para que deje de hablar y se duerma, cuánto para dormirme yo.  Y no puedo dormir, porque en lugar de descontar ovejas, estos lanudos animalitos se reproducen y reproducen diciéndome "¿que es lo que esperas?" en cada balido.

Será que quien no espera no cuenta regresivamente, será que una mujer obrera de Polonia no necesita imaginar como se verían sus pechos más grandes, será que Schopenauer tenía razón aunque estaba lejos de ser un asceta, será que una campesina boliviana no sueña con Di Caprio y que un mecánico camboyano no tiene pensamientos turbios con el último modelo de Porsche.

Si quieren sentirse redimidos: la obrera polaca cuenta cuánto le resta para llegar a su casa, varios filósofos cuentan el tiempo que les resta para ser reconocidos por sus pares, la campesina boliviana espera la hora en que pueda dejar de estar agachada y el mecánico camboyano no ve la hora de terminar con esa pieza para comer algo.

No cuento regresivamente cuando escucho a Ray Charles cantar Georgia In My Mind, tampoco lo hago cuando abrazo a quienes realmente estimo, no pienso "cuanto falta para que este trago ya haga efecto en mi percepción", no cuento como llegaré abajó cuando mis esquíes comienzan a desplazarse, y no pienso cuanto tiempo permanecerá en el ambiente un perfume que me conmueve.

Esperanzador será entonces buscar en los tiempos más breves, en las astillas del marco de esta esperada obra de arte.  Esperar pequeños goces lo más intermitentes posible y dejar de perderse de los mismos por estar contando regresivamente cuánto resta para el lanzamiento de la plataforma a la que estamos atados sin saberlo para ir al encuentro de una supuesta vida como experiencia de goce gigantesco y constante.  Tan gigantesco como los efímeros y olvidados ya, festejos del año nuevo de 2000 (¿o del 2000 sería en este caso? bueno, no importa).

Y ¿qué hago escribiendo aún?  Maldición, me hubiera gustado terminar así el escrito.  Realmente esperanzador, casi digno de una contratapa de revista de variedades.  Hubiera estado perfecto para los que buscan complacencia, y hasta cierta moraleja digna del talentoso Esopo, en todo escrito al que se enfrentan.  Pero no, evidentemente algo siempre se interpone.  En este caso el editor que había requerido de mí X cantidad de líneas y estaba contando cuantas me restaban para completar su petición.  A ver: ocho, siete, seis, cinco.... perfecto!

No me vea así.  ¿Me dirá usted que no recorrió previamente a vuelo de pájaro  este escrito pensando conciente o inconcientemente cuanto tiempo le llevaría leerlo?

Dos, uno, estamos en libertad.  Ahora a gozar.  O a comenzar otra cuenta regresiva.  Desde ya mi máximo agradecimiento por acompañarme hasta aquí.

por José M. Pascual

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