laberinto de espejos

De niño los espejos formaban parte de cualquier itinerario por un parque de diversiones.  Los más sofisticados poseían su complejo laberinto de espejos y aquellos más humildes, especies de carpas circenses, mostraban la sala de espejos como una de sus atracciones.  Allí uno podía pasarse un tiempo considerable viendo como el reflejo se deformaba con piernas largas y pequeños brazos, con enormes cabezas y pequeños cuerpos o con redondeces inexistentes que generaban la risotada espontánea.

Quizás de allí venga cierto trauma personal o resquemor frente al reflejo que entrega esa lamina que cada día puebla más y más áreas en nuestro pasaje por la vida.  Quién reside en una gran ciudad habrá notado que los espejos gobiernan y que cada día se multiplican con increíble capacidad reproductiva.  Allí donde se quiera agrandar un lugar, allí donde se quiera llenar un espacio, allí donde se necesite hacer efectiva la sensación de vigilancia, allí, allí y allí: espejos.

No es una cuestión paranoica del tipo: un día los espejos cobraran vida y estaremos perdidos.   Es una realidad: los espejos están devolviéndonos nuestra imagen hasta allí donde no queremos que nos sea devuelta.

Existe una relación con el espejo que va más allá de lo que cualquier tímida personalidad podría imaginar.  De hecho yo jamás hubiera hecho mi acto de "Elvis en terciopelo Regresa a Las Vegas" si no fuera frente al espejo.  El espejo tiene exclusividades que cada uno conoce bien.  En la soledad del baño quién no pidió al espejo la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Cómo me vería con los ojos rasgados? ¿Qué tengo que envidiarle a Silvester Stallone en Rocky? ¿Me conviene sonreir así, o quizás así? ¿Qué pasaría si salgo con este peinado a la calle? ¿Un tatuaje en el hombro? ¿Paza adentro, panza afuera?

Y también la intimidad nos permite ensayar párrafos de nuestra obra teatral diaria frente al espejo: "Buen día, vengo por el aviso".  "Hola, sí, yo vengo por el anuncio".  Probemos con otro tono: "Qué tal, ¿cómo está? (con la ceja hacia arriba o guiñando un ojo)".

Pero el espejo ya no es solo aquel reflejo intimo que cumple dos funciones en mi baño: la de ser testigo de lo que nunca haré en público y la de prepararme para el mundo exterior en cuanto aspecto se refiere.

Ahora hay espejos en vidrieras, vehículos públicos, supermercados, restaurantes, cajeros automáticos, bancos, negocios, etc.  ¿La gente querrá verse todo el tiempo? pues yo no!

Uno viene muy feliz por la vida y de pronto zas! un espejo: reflejando impiadosamente el aspecto que uno carga indefectiblemente.  La chica de la caja le dice a uno: señor: ¿va a llevar algo más?

Uno se pregunta, ¿señor? ¿oí bien? ¿me dijo señor? ¿como yo le diría a Churchill o al viejo que vende paletas en la puerta del zoo? ¿cómo señor, si tengo un aspecto jovial y ....? y ahí habrá un espejo para devolverte un: sí, señor!!!!! (dando por tierra la posibilidad de que la señorita de la caja se haya equivocado y haya sumados años a una imagen de Rebelde de película que evidentemente no coincide con el reflejo).

Y luego de sufrir la tiranía de los reflejos a los que uno no puede abstraerse, comienza la extraña relación de los demás con el espejo.  Por ejemplo en la fila del banco.  Una dama se arregla el cabello y se mira de reojo, otro más adelante se regocija de como lucen sus zapatos, un niño acompañado de la que quizás sea su madre hace rostros imposibles y se divierte como si no hubiera diferencia entre ese gigantesco espejo decorativo y los salones de espejos del parque que quizás jamás conocerá.

En un mundo gobernado por la imagen, los espejos son soldados del ejercito del tirano.  Recuerdo una conversación con el dueño de un cabaret del bajo en esas charlas de cinco de la mañana cuya jugosa información es fruto del paso del hastío y el alcohol que ya corrió por las venas.  "En un cabaret lo primero que tenés que tener, inclusive hasta antes que las minas, son espejos.  ¿Viste algún cabarulo sin espejos?"

Pues, no.  La verdad que no, respondí buscando algo más de riqueza en el lenguaje (luego de una noche larga, siempre unos minutos antes de desear estar muerto, uno siente que Cervantes se apodera de su lengua.  Si hubiera espejos que reflejen charlas, nos daríamos cuenta que no es verdad, que solo se incrementa la cantidad de palabras para decir lo mismo).

El hombre me dijo: los espejos hacen que si tenés tres bailarinas parezcan seis, ocho o diez.  Las posees con la mirada.  El cliente quiere ver todo.  Y yo también quiero ver todo lo que pasa en mi boliche.  No existe un cabaret sin espejos".

Vaya clase de realidad.  Vigilancia asegurada, el panóptico perfecto.  Allí advertí que uno en su vida debe ver una o dos bailarinas reales y miles de reflejos.   Si, pueden que sean conjeturas de borracho.  Pero el cabaret de la vida tiene algo en común con aquel sótano húmedo.  Lo último que quiere ver uno en los espejos de aquellas paredes es su propio reflejo.  Sin embargo: uno lo busca.  Como si nos hubiésemos perdido hace ya mucho tiempo en aquel laberinto de espejos del parque de diversiones que ya no es tan divertido.

por José M. Pascual

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