carcajadas de botox

Cuando el discurso predominante del circo exacerba las virtudes del ser joven el resultado es fascínate y tragicómico.

Cada segundo, miles de personas en el planeta, se observan en el espejo y ven reflejado lo que no desean ver.  La razón: el discurso predominante exacerba la "obligación" de verse joven.  Y no se trata de que las sociedades se vuelvan gerontofílicas y solo resalten los beneficios que el paso del tiempo da a las personas.  Pero de hecho la balanza que consolaba a quines peinaban canas o veían sus arrugas reflejadas en el lago: se descompuso hace ya tiempo.  Si bien siempre se reflejo a la juventud como fuente de energía, vitalidad, fuerza, inquietud y sexualidad. Y todo eso tiene una lógica animal de ciclos reproductivos y potencia física), el paso del tiempo daba experiencia, sabiduría, capacidad analítica, equilibrio e ingenio.

Si tomamos la atávica formula y damos solo a  juventud el beneficio de verse merecedora de ser expuesta y despejamos el resto de las variables por carentes de importancia, obtenemos el resultado de "lo único importante es verse joven sea cual sea el sacrificio, motivación o metodología".

Claro que todo esto tiene su correlato en el marketing, publicidad y comercialización de productos.  O mejor dicho: nuestra desesperación por retrasar nuestra apariencia de "fecha de vencimiento" es el correlato de esas "ciencias" comerciales.  En sociedades donde el paradigma del consumo de bienes y servicios es el factor gobernante para mitigar la insatisfacción de la continua búsqueda del objeto de deseo, es lógico que la apariencia del paquete sea por sobre el contenido.  Pero hasta pareciera que el ser humano esta debajo en esa pirámide, ya que hay objetos cuyo valor esta justamente en ser clásicos, en reflejar el paso del tiempo.  (Nota de Autor: Considero una aberración estética hacer que un Cadillac 54 se vea como un OVNI 2010, pero hay quienes le encuentran cierta gracia a eso).

De esta manera las cirugías estéticas, los tratamientos antienvejecimiento, las torturas gimnásticas, las liposucciones, y demás artilugios para crearle distorsiones al paso del tiempo cobran un protagonismo inusitado desde mitad del siglo XX y en ascenso descomunal en las últimas décadas.

La moda exige desde su torre de cristal.  Y esto no es novedad, y por supuesto que el tiempo libre de las clases acomodadas es un campo mucho más apto para la germinación de este tipo de enredaderas complejas.  Las mismas mujeres que en la Europa del siglo XVIII se sacrificaban, en pos de una palidez antiglobular y de una cintura a fuerza de un corsé que apenas les dejaba respirar, hoy hacen esfuerzos denodados por verse tostadas en invierno o tener el cabello escandinavo cuando su bajo vientre les grita otra genética.

Pero esto esta lejos de ser una cuestión de géneros.  Si bien son las mujeres las más osadas a la hora del bisturí (capaces de entrar felices a quirófano como no entrarían por un parto), también los hombres hoy envidian la capacidad de un cincuentón por verse como un veinteañero de lejos.

En cierto aspecto hoy el discurso estético hasta nos propone mujeres poco probables de verse en la naturaleza: labios afroamericanos, narices orientales, pechos romanos, nalgas caribeñas y ojos moriscos.  Un puzzle mágico con firma del cirujano plástico creador de barbies a pedido.

Lógicamente uno quiere verse bien por una cuestión de seguridad.  Agradar al prójimo, recibir halagos, sentir que las miradas se posan con admiración sobre nuestro aspecto.  Pero cuando esto es prioridad absoluta en detrimento del resto el resultado es una agenda cargada en torno a aplicaciones de botox, pastillas antioxidantes, intervenciones quirúrgicas para reducir el abdomen, quitar de aquí y de allá, suprimir costillas y aniquilar arrugas.  

Personalmente me parece una falta de sinceridad y una traición al prójimo verse de veinte cuando se tiene cincuenta.  Pero ese no es el debate, el debate es ¿Hasta que punto la sociedad se vacía de contenido colocando en el pedestal de la admiración a quien tiene  como única razón de reconocimiento el verse más joven de lo que es?

Por supuesto que ir contra las corrientes tiene sus riesgos.  Quién puede estar contra una industria tan floreciente y millonaria como la de la estética.  Cremas, dietas, ejercicios, operaciones, aplicaciones, etc cuya razón de ser no es la de la cura del cuerpo enfermo en si, sino la de una ortopedia psicológica para la angustia provocada por el discurso dominante que dice "joven es belleza y erotismos, viejo es muerte e inutilidad".

Algunas corrientes de la psicología encargadas de sexualizarlo todo darán una explicación más científica.  Será de entre casa como decir: todos queremos ver cosas agradables, que masajean nuestra libido, que nos primitivisen al grado de seres orgiásticos donde lógicamente la pulsión vital se expresa en todos los ámbitos.

Pero no me refiero a la belleza de la juventud que esta desde luego más allá del debate.  Me refiero a que el discurso predominante no solo se aplica al cuerpo, o mejor dicho, se aplica tanto al aspecto que licua valores más complejos.  me refiero al botox a la personalidad, a la liposucción de la inteligencia, a la trampa al paso del tiempo, a la crema modeladora de nuestros principios, al lifting de nuestra historia, al régimen milagroso de nuestros placeres, al estiramiento de piel de nuestra experiencia.

El tiempo pasa igual, y no es pecado haber estado presente.  ¿No debería aplicarse multas a quien durante algún acontecimiento histórico trascendental se encontraba en un postoperatorio estético de reducción de unas grasitas en el abdomen?  Bueno, quizás esté exagerando.  La venganza de Cronos es impiadosa (quizás por rencor a su hijo, por siempre joven como todos los habitantes del olimpo, que termino arruinándole los planes de eterno poder), el tiempo es matemático y aunque lo ataquemos con botox, cremas, ropajes disimulantes, y el último producto del mercado, él pasa otorgándonos cosas y quitándonos otras.  El pecado está en ignorar lo que nos da el tiempo por intentar negar su paso.

Quisiera verme frente al espejo y agradarme, creo que en última instancia lo estético acompaña.  Pero el horror de ver a Cronos en el reflejo riendo a carcajadas de mis apariencias juveniles después de cuatro, cinco, seis o siete décadas sería tremendo.  Ojala cada arruga tenga una historia para contar.  Ojala alguien de la sala de espera de la clínica estética este dispuesto a escucharla.

por José M. Pascual

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