|
Cuando
niño, esperaba habidamente la llegada de las fiestas navideñas.
Vale aclarar que era un motivo ruin y pecaminoso el que cimentaba mi
espera.
Muchos, ya con el
paso del tiempo, olvidamos la tortura que significaba esperar a la
medianoche la llegada de Papá Noel, Santa Claus, el viejo Pascuero o
como se llame en cada región.
Navidad era
regalos. Si estaba bien todo eso de armar el árbol, el
pesebre, los fuegos artificiales... pero los regalos le quitaban
protagonismo a todo. Para entonces mi universo distaba bastante de
imaginar que existían otras realidades económicas, otras religiones,
otras culturas, otras costumbres y hasta otras familias. El
universo se supeditaba a, como todo niño, lo mío, y eso se sintetizaba
en una larga y tortuosa espera hasta la llegada de Papá Noel.
Claro que casi ni
siquiera Papá Noel me interesaba demasiado, si me decían el trineo se
rompió, los renos se perdieron y Papa Noel no llegará pero enviara tus
regalos por FedEx mi alegría no se empañaba.
Sabía de algunas
casas donde con tal de no ver las caritas sufrientes de los niños Papá
Noel adelantaba su llegada. Sin embargo en la mía no había forma de que
ello pasará. Si de algo era respetuoso Santa Claus era de llegar después
de la medianoche.
Yo sabía
perfectamente que mis miradas de reojo al pie del pino navideño no
adelantarían el reloj, pero era inevitable. Casi que podía ver los
paquetes de regalos navideños en su pie sin estar aún
Todo era
soportado con estoicismo. Si había que soportar las preparaciones
de la mesa, las tediosas charlas familiares y hasta los pellizcones de
las tías viejas que decían como ha crecido este muchacho, se soportaban
en pos de que la amenaza no surgiera: te estas comportando mal, quizás
Papá Noel no traiga regalos.
Y no hay nada
peor que una frase amenazadora cuando los padres ven que la misma
funciona. La amenaza de un Papa Noel que no llegará por tu mal
comportamiento aparecía casi en Octubre y a veces antes. Lo peor eran
esas risas sarcásticas luego de la frase. Como dejando ver que los
mayores tienen influencias y contactos que uno siendo niño no posee.
Las noches
anteriores eran verdaderas pesadillas con mezcla de sueño, y sueños con
tintes de pesadilla. Iba imaginando tamaños y formas de los
regalos. Profundos estudios de peso con relación a contenido,
colores de los papeles envoltorios, profundidades de cajas y posibles
trampas de regalos pequeños en cajas grandes. Todo era
estudiado minuciosamente a pesar de conocer mi naturaleza impulsiva.
¿Para que tanto pensar si abrir un regalo me llevaría centésimas
de segundo? si hasta parecían que me salían garras de oso para
poder destrozar más velozmente el paquete y llegar a mi regalo.
Merece un párrafo
aparte la descripción de mi rostro una vez abierto el regalo,
pero no lo haré. No creo que se pareciera al rostro pacifico de un
niño feliz, sino más al de un duende loco que luego de soportar las
horas de tensión y angustia lograba su objetivo con la respiración
entrecortada.
La excitación de
todo el tiempo previo se desvanecía apenas unas horas después de la
llega de los regalos navideños. Una de las cosas más
entupidas que he oído en mi vida tiene relación con aquellos momentos en
que el niño abre el regalo: "despacio, despacio, ábrelo despacio".
¿Serán concientes el tiempo que hace que esperaba este momento? ¿Tendrán
noción de lo que me están pidiendo? ¿Si ellos estarían ante lo que
esperan tan ansiadamente, luego de haber pasado por tan torturante
espera, lo abrirían despacio?
Como si todo esto
fuera poco recuerdo tener que disimular mi ansiedad. No estaba
bien preguntar ¿Ya llegó papa Noel? cada tres minutos. No
sé por qué no estaba bien, pero recuerdo que trataba de preguntarlo solo
una cada mil veces que lo pensaba. Y es que uno espera algún dato
más especifico que el simplemente "No. aún no". No sé, está
girando por el ecuador, se le calló un paquete y está retasado
recuperándolo, los renos se detuvieron a comer... no sé, algo, cosa de
poder ir previendo su itinerario y su llegada. Algo que mitigue
esta espera espantosa.
Observaba a los
mayores y los admiraba. ¿Cómo podían estar tan tranquilos? ¿Por
qué no estaban desesperados como yo esperando a Papá Noel? Y al
final terminaba tan tensionado que hasta me planteaba la crueldad de ese
viejo de barba blanca y trineo. Encargado de los regalos navideños
él debía saber mi sufrir en la espera, ¿por qué no hace algo para que yo
no sufra tanto?
Nunca tuve el
suficiente orgullo y valor para evitar demostrar interés por los
regalos navideños. Esa debilidad fue luego mutando a otros
ámbitos de la vida. A veces creo que si me hubiera parado junto al
sitio de los regalos y hubiera gritado "no los abriré, que se los lleve,
no me interesan!!!" hubiera forjado un animo inquebrantable, una sonrisa
esquiva y un valor de soldado imperial. Pero es imposible,
simplemente impensable. Esos regalos eran míos, me los había
ganado a fuerza de sufrir la espera. Un premio a las debilidades.
Un galardón a soportar las reglas de los mayores en mi mundo simple:
Papá Noel, tu cumple con lo tuyo y yo te seguiré queriendo, esperando.
Las reglas luego
se fueron volviendo un tanto más complejas, pero a veces sospecho
aquellas regla básica escondidas en ellas. Y la angustiosa espera
regresa, y la garra de eso para abrir las envolturas se asoma, y el
sentirme débil y ruin regresa. Y mi sonrisa se asoma y el placer
es grande y se desvanece y vuelve a tomar forma y todo es esperar los
regalos navideños y preguntarme una y otra vez ante diferentes
circunstancias: ¿ya llegó Papá Noel?
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
Prohibida la reproducción total o parcial
de los textos sin el consentimiento del autor
inicio
archivo
buscar artículo
|
|
este circo
Regalos
Navidad
Papá Noel
Santa Claus |
|