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Causas
y efectos me dieron como patria un país con una cultura futbolera de
abolengo y protagonismo permanente. También causas y efectos me
dieron cierta educación relacionada con el análisis y hasta la frialdad
del racionalismo.
Cada mundial de
fútbol el alboroto interno es imposible de mitigar. A mi lado
racional le cuesta verme frente a la televisión o la radio cambiando mi
humor por un resultado deportivo.
El mundial de
Alemania 2006 no fue excepcional. En la cuna del racionalismo, los
fantasmas de Goethe, Hegel y Beethoven se hacían a un lado para dar
espacio al negocio del circo más convocarte del planeta. Mi yo
racional me indicaba que nuevamente habría representares de la
asociación de fútbol del país en que nací jugando contra otros de otras
regiones del mundo: igual de ricos, igual de publicitados, igual de
respetados y admirados como los gladiadores lo eran en el circo romano.
Mi yo pasional,
que ojala nunca me abandone, me indicaba que era más que eso. Ahí
estaba un nombre, una bandera, un lugar en el mundo haciéndose lugar
entre muchos. Dándole alegría a aquellos que solo pueden encontrar
las alegrías en algo tan absurdamente irracional como una victoria
deportiva lejana mientras raspan el fondo de la olla.
Una cadena de
significaciones que hacen a la diferencia entre un buen día y un mal
día, ¿Si puedo abstraerme de todo aquellos del himno, de los
colores, de la representación, de la cultura popular, de lo
institucionalizado de este acontecimiento deportivo: podría el día de
mañana ante la muerte de un ser querido hacer solo la lectura de la
desaparición física de un organismo vivo?
En realidad, a
veces creo que haber nacido en un país que alguna vez fue es lo que
duele cuando se deja de ser. Algo así como enamorarse.
No se vuelve a conformar uno con pequeños romances. Y es así de
simple y complejo.
¿A quién no le
gustaría analizar el dolor de un desamor como la negativa del sujeto en
donde está depositado el objeto del deseo o tratar alguna otra
explicación lacaniana, freudiana o hasta meramente biológica?
Si los poetas
románticos nos cerraron esa puerta racional, la historia y la cultura de
mi país me cerró la puerta a esa racionalidad aplicada al fútbol.
Hice un pacto
entre mi yo racional y mi yo emocional. Dense la mano,
coincidan. ¿Quién dijo que las partes componentes de un
sentimiento son irreconciliables?
Me gusta ese día
en que el hombre que vende periódicos me entrega una mirada cómplice:
cómo diciendo ganamos. Ese día en que todas las miradas del tren
que va cargado de frustraciones, horarios estrictos y problemas
personales, se cruzan como diciendo buen día. Ese día en que tengo
tema de conversación con absolutamente todo el mundo. Ese día en
que el tipo que esta cargando esa pesada bolsa en el puerto parece
hacerlo con espalda de campeón y mirada de imbatible. Ese día en
que toda la basura que nos divide como población parece untarse en
vaselina y al pobre le importa un pito la riqueza insolente que lo
abofetea y al rico parece perturbarle menos el grito desaforado del
pobre que encuentra una vez en su vida la excusa para gritar sin ser
reprimido a cachiporrazos.
¿Cómo puede todo
eso depender de un gol, de un penal, de un arbitro, de una jugada, de un
segundo? ¿Qué hace que un millonario hable maravillas del potrero
que nunca ha de pisar ni por error ? ¿Qué hace que alguien que no tiene
para sus necesidades básicas idolatre a cualquiera de esos 11 que en
algunos pocos casos fueron de su condición y hoy tienen un presente de
Costa Azul, relojes dorados y apartamentos con hidromasaje? Aquí
la lógica se retira humillada para reingresar por la puerta trasera al
grito de "todo esto te da derecho a gritar campeón", a sentirte
superior por una vez en la vida. ¿Superior porque algunos cuantos, que
nacieron en el mismo sitio del mundo que tú, ganaron un campeonato?
Aquí el
racionalismo parece ganar, pero el mismo racionalismo (ahora revelado
contra sí mismo) responde: ¿Dónde si no? ¿Dónde buscar algo que
nos otorgue el derecho a eso?
Me interesa muy
poco la suerte de los representantes de la asocian de fútbol de un país
en un mundial. Pero es intransferible la sensación de ese día
ideal: ese día en que hay sonrisas en la calle, en que hay ese "que
bueno haber nacido aquí" flotando en el aire, ese día en que todo es más
laxo, más permisivo y respetuoso a la vez, más compasivo y comprensivo,
más orgulloso y más significativo, más esperanzador y más encantador.
Si, el fútbol
el es el opio de los pueblos. Como lo es en menor medida el
carnaval, un campeonato local, una victoria deportiva cualquiera sea,
hasta una elección de miss universo. Habría que ver por qué hay
pueblos tan necesitados de opio. Por qué el opio pega más en
aquellos que tienen una realidad a la cual ya ni la gambeta diaria le
hace cosquillas.
Será ese viaje
una humareda donde se confunden seres de carne y hueso con héroes
épicos, banderas con corazones, latidos con bombos, resultados
deportivos con victorias históricas, gritos desaforados con himnos de
clanes en búsqueda de supervivencia.
Todo un atentado
al racionalismo. Una gran insensatez. Un efecto
narcótico de realidades tristes. Pero si para vivir ese día
donde todo parece perfecto debo desear que esos 11 ganen un campeonato
mundial: lo deseo con toda mi alma.
Quedar fuera del
mundial es un grito en la cara de "Hay que volver!"
Volver a la
realidad, volver de donde nunca se ha estado.
Por eso duele
tanto, por eso la tristeza de que ese día no será. Por eso la
desazón del racionalista y del emocional.
Porque volver de
donde nunca se ha estado es la peor y más dolorosa de las nostalgias.
José
M. Pascual
estecirco@canaltrans.com
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