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Y si bien no
hemos leído (y tampoco leeremos) el libro de Dan Brown, la
película protagonizada por Tom Hanks es tan pobre (si bien
no es un término muy académico, en este caso es el mejor
calificativo), que cualquier cosa que haya escrito el Sr.
Brown en las 557 páginas de su libro, estará por encima de
la película dirigida por Howard.
Pero más allá
del filme en sí mismo, El Código Da Vinci ha puesto
en evidencia un fenómeno que se ha venido desarrollando
durante mucho tiempo, pero que nunca habíamos visto con tal
intensidad: la colonización cultural de todo el mundo por
parte de los Estados Unidos. Desde su aparición en la
apertura del Festival de Cannes (¿por qué los franceses
permiten esto?), la película ECDV ha monopolizado las
portadas de los suplementos de espectáculos de todos los
diarios del mundo, la publicidad nos persigue hasta en los
lugares más insospechados y se generaron interminables
debates sobre la supuesta mirada provocadora del filme sobre
la historia del cristianismo. Al respecto, varios sacerdotes
de todo el mundo se rasgaron las vestiduras ante tamañas
atrocidades – planteadas en reiteradas oportunidades
anteriores como en La Ultima Tentación de Cristo de
Martin Scorsese o en Yo te saludo María de Jean-Luc
Godard, transformándose involuntariamente (¿?) en
publicitarios al ubicar al filme en un lugar que por sus
propios méritos no se hubiera ganado.
El avance
arrollador del filme, también se vio el día del estreno en
la Argentina ya que fue el único estreno de esa semana y
salió al mercado con 206 copias. Los multiplex las ofrecen
en varias salas y en diferentes horarios por lo que la
oferta para ver el filme es muy amplia y ahoga la
posibilidad de ver otras cosas.
No sabemos
cuánta gente habrá visto el filme en todo el mundo y tampoco
sabemos cuántos habrán leído el libro de Dan Brown, pero nos
asusta ver cómo funciona la maquinaria marketinera y la
fuerza de los grandes productores que “imponen” las cosas
que hay que leer y mirar. ¿Cuántos de los que llevan el
pesado mamotreto de Dan Brown bajo el brazo, habrán leído a
Borges, a Poe, a Kafka, a Oscar Wilde, etc.; cuyos libros no
cuestan cuarenta y dos pesos?
Es necesario que
los gobiernos de todo el mundo empiecen a defender la
diversidad cultural, no encerrándose sobre sí mismos, sino
ayudando a generar circuitos alternativos de exhibición
donde pueda verse no sólo nuestro cine (que el propio Estado
ayuda a producir) como así también el de otras
cinematografías del mundo que no tienen lugar en las salas
de nuestro país (con la sola excepción del Festival de Cine
Independiente de Buenos Aires).
De lo contrario,
lo único que podremos ver van a ser películas como ECDV
que tienen poco de cine y mucho de publicidad. Tal vez, con
el correr del tiempo, el cine se transforme en precisamente
eso: como los videoclips que acompañan el lanzamiento de un
disco, ECDV - dirigida por el impersonal y servil Ron
Howard -, sirvió para re-potenciar el éxito del libro de Dan
Brown que seguramente después del estreno del filme habrá
vuelto al primer lugar en la lista de los más vendidos.
Para finalizar, cabe citar – como tantas
otras veces – al genial Jonathan Rosenbaum quien afirma que
“el hecho es que las películas pueden ser impunemente malas
en estos días sin causar por ello ninguna crisis en la
industria del cine porque sin considerar cuánto ha
disminuido la capacidad de hacer películas que importen, la
capacidad de publicitarlas, venderlas y difundirlas sólo se
ha perfeccionado”. Sin lugar a dudas, dentro de poco
asistiremos al estreno de la próxima película basada en
algún otro best seller escrito por Dan Brown.
por Nicolás Quinteros
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