Un hombre con personalidad individualista es un problema en una factoría
Orson Welles

Orson Welles

cine - películas

Hollywood

Actor´s Studio

En marzo de 1959, Orson Welles publicaba un artículo (Twilight in the smog) en el Esquire, anunciando la muerte de Hollywood. A pesar de haber sido maltratado y despreciado por los estudios, recordaba los viejos tiempos y presentaba el actual estado de cosas al sostener – con conocimiento de causa -, que “cuando empezó a hablarse de la producción de películas y el cine comenzó a organizarse como una mera industria, la gloria empezó a desvanecerse en Hollywood”.

“Fue Fred Allen quien dijo con nobleza y sutileza que ‘California es un lugar maravilloso si se es una naranja’. Supongo que Fred se refería a la región general de Los Angeles que se conoce como Greater Los Angeles. (Greater significa ‘mayor’. Pues bien, ¿mayor que qué es Los Angeles?) Le ocurría, como nos pasa a muchos de nosotros, que ésta era la parte del estado que más conocía y que menos le gustaba.

De todos modos, como la gente de los cítricos es la primera en reconocer, ahora la niebla producida por la contaminación le ha quitado la alegría de vivir incluso a las naranjas.

De acuerdo con los mapas, Hollywood es un distrito agregado a la ciudad de Los Angeles pero que no pertenece a ella. Pero eso no es rigurosamente exacto. Los Angeles, por lo enorme, populosa y rica que haya llegado a ser, nunca formó una ciudad. Sigue siendo una inconexa confederación de barrios residenciales y centros comerciales. En lo que se refiere a la ciudad vieja de Los Angeles, es tan poco metropolitana como Des Moines o Schenectady…

Nunca hubo una auténtica metrópolis que no comenzara con una plaza de mercado. Hollywwod no es más que una estación de parada en una carretera principal.

Conduce todo lo deprisa que quieras en cualquier dirección: dondequiera que te encuentres el lugar tendrá el aspecto de la ruta que lleva a un aeropuerto. Cualquier carretera de cualquier aeropuerto…

Realmente, ¿empieza a ponerse el famoso sol de Hollywood? La verdad es que hay un indicio de crepúsculo en la niebla producida por la contaminación y más tarde, sobre la vieja capital del cine ha caído una sombra de franela gris. Inexorablemente la televisión se está moviendo hacia el oeste. Al tiempo que deja vacíos los cines por todo el país, llena los estudios cinematográficos. Una industria distinta crea una ciudad distinta; y alzándose sobre las llamativas ruinas de la industria del cine conservamos una nueva marca de la antigua locura, monótona y curiosamente solemne.

Siempre tiene que haber un fuerte elemento de lo absurdo en la puesta en funcionamiento de una fábrica de sueños, pero ahora hay menos de qué reir e, incluso, menos que pueda llegar a gustarnos. Ha desaparecido la febril alegría, se fue cierta vitalidad metálica. La televisión, al fin y al cabo, es una rama del negocio de la publicidad y Hollywood, cada vez más, se comporta como un anexo de Madison Avenue.

La televisión, en directo, en video o filmada, sigue limitada por la barrera del lenguaje, mientras que por su naturaleza y por razones económicas, las películas son multilingües. Hacerlas fue siempre un negocio internacional. Directores, escritores, productores y sobre todo las estrellas, venían a Hollywood desde todos los sectores del mundo y sus películas se dirigían a un público mundial. La nueva industria de la ciudad amenaza su cosmopolitismo tradicional y lo está sustituyendo por un fuerte aroma nacional. No puede ser de otra forma porque nuestra televisión existe con el solo propósito de vender productos norteamericanos al consumidor norteamericano. Con el mayor de los grandes estudios cinematográficos cojeando con programas económicos administrados por un personal reducido al mínimo, el peculiar ambiente vertiginoso de la ‘fiebre del oro’, que antaño fue el especial encanto de Hollywood, es sólo un recuerdo.

En su edad de oro – los primeros años del ‘boom’ del cine – el estado de ánimo y las formas de comportamiento fueron mucho más parecidas a una fiebre del oro. Se contaba con el bullicio frenético y pirata de la California inicial: las grandes fortunas encontradas en un día y dilapidadas en una noche. La misma alegre violencia y sangrienta anarquía. Toda esa turbulencia propia del Oeste americano ahora ha sido silenciada… La fantasía arquitectónica está en declive y su chillona ostentación ha desaparecido en su mayor parte; las más inspiradas atrocidades arquitectónicas ya no existen o están en ruinas. En los ‘mejores’ distritos residenciales o de negocios se ha impuesto una especie de ‘buen gusto’ oficial, cuyo resultado es una perfección de serie, estéril y desprovista de alegría, pero que expresa correctamente el ardiente anhelo de respetabilidad que hoy predomina en la comunidad…

Precisamente hasta ese momento, que fue el último de una historia muy larga, la gente del espectáculo se mantuvo, con bastante firmeza, segregada de la respetabilidad.

Significativamente, la profesión teatral no tiene contacto (por lo tanto no puede haber contaminación) con la clase media. Desde luego es cosa muy reciente que hayamos empezado a emplear en nuestro oficio la palabra ‘profesión’, tan auténticamente propia de la clase media. Ocurrió cuando la mención de la palabra arte comenzó a causarnos cierto embarazo y con ello se inició nuestra caída del estado de gracia: cuando de repente aspiramos a figurar en las filas de las damas y los caballeros. Antes de eso, y en común con otros artistas, no teníamos rango alguno y estábamos, gracias a nuestra propia dignidad, fuera del protocolo…

Lo que resultaba vulnerable en nuestra posición era el hecho de que en rigor no teníamos posición alguna. Durante todo ese tiempo en que no hubo un lugar determinado para nosotros, ni por encima ni por debajo de los privilegiados, un actor estaba en libertad de sentarse allí donde era bien recibido y, con mucha frecuencia, eso fue junto a los reyes. (Vale la pena resaltar que nuestros primos más distinguidos en el teatro británico no son en la actualidad los que intiman más fácilmente con la realeza.) Yo sostengo que teníamos más que ofrecer a nuestro arte y a nuestro público cuando éramos holgazanes y vagabundos reales, arropados en nuestra propia púrpura imperial. Nuestra corona era delgada, pero era una corona y la lucíamos, conscientes de nuestra diferencia, entre otras diademas que podía darse el caso de que fueran de oro…

[Al principio la cinematografía fue] una institución que los actores ‘reconocidos’ podían mirar de arriba abajo, con todo ese pedante desprecio ampliamente prodigado con anterioridad por la respetable clase media, incluso en la propia sala de representaciones. Hollywood pasó a convertirse en una palabra del idioma y esa avanzadilla sin igual – sin trabas, sin paréntesis y a la que nadie prestaba atención -, en un abigarrado grupo de gentes del espectáculo, con un espíritu más próximo al circo, al género burlesco, a la comedia dell´arte, que al rígido mundo del teatro de la época, estaba produciendo alegremente una nueva forma de arte y celebrando, en el proceso, un renacimiento breve pero excitante del viejo disparate y de la vieja gloria real.

Esa gloria lo tenía todo, pero murió cuando el teatro se redujo a sí mismo a una mera profesión. Cuando empezó a hablarse de la producción de películas y el cine comenzó a organizarse como una mera industria, la gloria empezó a desvanecerse en Hollywood.

Lo que es válido en el escenario o en la pantalla nunca es el mero esfuerzo profesional y, ciertamente, tampoco el producto industrial que de ello resulte. Lo verdaderamente válido, en el análisis final, tendrá que ser la obra de arte.

No debería ser necesario repetir que la originalidad es una de las definiciones esenciales de toda obra de arte y que todo artista lo es como individuo. Resulta igualmente obvio que el sistema industrial, por su naturaleza, no puede dar cabida a la originalidad. Un hombre con personalidad individualista es un problema en una factoría.

Antes se solía hablar de algo que se definía como la ‘influencia de Hollywood’. Pero hoy día lo verdaderamente noticiable es cómo el resto de Estados Unidos está influyendo a Hollywood.

Como siempre, los actuales símbolos sexuales hacen que lo pasemos bien y nos divirtamos, pero Jayne y Elvis son, demasiado claramente, criaturas de los expertos de la publicidad, borrosas copias al carbón de los antiguos originales desenfrenados, de las vampiresas y los jeques que se inventaron a sí mismos y que vivieron tan brillantemente de acuerdo con sus propias leyendas. La reciente cosecha de ‘actores del método’, de actores de escuela, y los representantes oficiales de la circunscripción beatnik son excesivamente taciturnos en su estilo personal para que puedan añadir mucho color a la pálida escena… Esas águilas exploradoras del Actor´s Studio tienen su propio conformismo. No hay locura en su método.

Los más jóvenes de los auténticos inconformistas, hombres como Mitchum o Sinatra, están ya por encima de los cuarenta. El rock and roll nos arroja a veces un baile raro con un cantante ocasional de menor clase, pero esos tipos son ‘fríos’, helados, en el sentido que la palabra tiene en el diccionario, y no tienen nada que ver con la temperatura templada que, de un modo u otro, reina en el nuevo Hollywood. Su egolatría sólo alcanza todos monótonos, carentes de la menor exhuberancia. Sostienen el espejo para que se mire en él su propia generación, como lo hacen, también, sus padres, pseudoresidentes de clase media en la colonia cinematográfica. Esos dos grupos, los que visten camisetas y los que lucen chaquetas deportivas, son un reflejo de la Norteamérica de hoy más preciso de lo que fueron aquellos deslumbrantes pioneros que pasaron brillantemente las fronteras del teatro.

Uno de nuestros productores, al tratar de explicar la escuela del neorrealismo en el cine italiano, me dijo que en Italia y en este tipo de películas, en vez de actores se utilizaba a gente de la calle. Para bien o para mal es cierto que la ciudad está llena de personajes que son realmente facsímiles de la gente de la calle en la actualidad. Es una idea solemne, pero es posible que esto sea lo que va mal en Hollywood”.

por Nicolás Quinteros

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