El Número 17 - novela policial

 

capítulo 13

Algunas semanas después de la aparición de la octava víctima la pequeña ciudad se convirtió en el centro de la prensa nacional. Durante casi un mes, en los hoteles y hospedajes del pueblo, nueve de cada diez habitaciones habían sido rentadas por periodistas de los distintos medios. La policía investigaba, y se molestaba entre sí, sin obtener más que pistas falsas. Los federales tomaban huellas hasta en los mostradores de los bares, los escuadrones especiales parecían una caravana de gitanos llamando la atención de quienes todavía no se acostumbraban a ver tanto movimiento en aquella ciudad gris con olor a grasa de pescado. Varios investigadores privados parecían revivir la fiebre del oro y buscaban en cada rincón un golpe de suerte que los hiciera aparecer en la tapa del algún periódico. Los oficiales del pueblo estaban contrariados; se sentían invadidos y, hasta podría decirse, heridos en su orgullo. Toda está movilización les decía en la cara que era unos incompetentes e incapaces.

Durante el tiempo que duró todo esto, el asesino no volvió a actuar. Grubach lo sabía. Con la llegada de los extraños al pueblo, una nota sobre el escritorio del inspector decía: "Así es difícil cumplir la misión. Lo lamento mucho. Está ciudad no se salvará si abre las puertas a quiénes no comprenden".

Evidentemente, quienes no comprendían, eran las jaurías uniformadas y los hombres de prensa que no dejaban de estar atentos al más mínimo movimiento de la ciudad.

La situación duro hasta que estalló otra bomba: un caso de corrupción sin precedentes en la ciudad de Trevalen, a unos doscientos treinta kilómetros de aquel pueblo desconocido por todos hasta que las cámaras mostraron su plaza principal a través de las cadenas más importantes de televisión.

Los primeros en mudarse a Trevalen fueron los periodistas. En dos horas no quedaba en la ciudad ni uno de los micrófonos y las plumas que hasta recién habían transmitido los latidos de cada calle. El caso Trevalen mezclaba asuntos de estado, cuentas fantasmas, una cadena de casos de corrupción con nombres que llegaban hasta el Senado y cuestiones que inclusive rozaban el nombre del presidente. Al día siguiente de que esto explotara en los titulares, también los grupos especiales levantaron campamento. El asesino serial dejó de ser el centro de atracción. El viernes por la noche el último investigador privado forastero partió detrás de la última camioneta que transportaba al último grupo de Federales.

Las piezas del tablero tomaron su posición inicial. El pueblo volvía a la calma, recuperaba su tranquilidad nocturna, recuperaba su casi anonimato, recuperaba su asesino serial.

El tiempo en que paradójicamente la excitación había congelado las acciones, le sirvió a Grubach para intentar otros caminos para dar con el criminal.

En una de las entrevistas que tuvo con el Doctor Heinssbraun, director del hospital psiquiátrico de la montaña (Hospital Neuropsiquiátrico Dr. A. Fountaigne), el hombre le había hablado de la posibilidad de un caso de doble personalidad. Grubach no comprendió la cuestión hasta que el doctor dejó de lado algunos términos propios de la especialidad y le relato una sintética versión de una novela de Robert Louis Stevenson. La idea de que para dar con Hyde debía previamente encontrar a Jekyll, no le pareció razonable al policía. La fuerza del oficio lo había acostumbrado a dar de otra manera con quienes burlaban las leyes.

Una cosa es la literatura, otra la vida real; una cosa es ser escritor como ese tal Stevenson, muy otra es ser policía. El asesino es el que mata; y este debe ser una persona de carne y hueso que tarde o temprano se descuidará.

La otra cuestión que sacó en limpio de la charla con el Doctor fue que él y el criminal habían formado un dúo vital en aquel círculo. Según Heinssbraun, Grubach quería encontrarlo como si eso justificara su pasado, presente y futuro. El asesino necesitaba de un Grubach para también justificar sus acciones.

- Usted es el contacto con la sociedad. Con usted se comunica. Usted es la otra mitad de su juego- explicaba el Doctor mientras el inspector lo observaba como si estuviera diciendo incoherencias.
- Es más. Creo que hay hasta un cierto grado de admiración reciproco- agregó.
Grubach encendió un cigarrillo y se puso de pie.
- Cuando lo tenga frente a mí le voy a demostrar mi admiración- replicó Grubach con tono de sorna.
- El busca acercarse a usted como usted a él. Confía en usted. Usted también en él. De hecho se sentiría defraudado si él dejara de matar sin avisarle.
- Usted sabe mucho de enfermos doctor- dijo el inspector casi despidiéndose -Yo soy policía y se de otras cosas. Igualmente le agradezco su tiempo. Tenga usted buenos días.

La situación se descongeló casi dos semanas después de que el último intruso abandonó el pueblo. A las octava víctimas se le sumaba una novena.

 

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EL NÚMERO 17 - por D. RIPER -

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