|
Algunas
semanas después de la aparición de la octava víctima la pequeña ciudad se
convirtió en el centro de la prensa nacional. Durante casi un mes,
en los
hoteles y hospedajes del pueblo, nueve de cada diez
habitaciones habían sido rentadas por periodistas de los distintos medios. La
policía investigaba, y se molestaba entre sí, sin obtener más que pistas
falsas. Los federales tomaban huellas hasta en los mostradores de los bares, los
escuadrones especiales parecían una caravana de gitanos llamando la atención
de quienes todavía no se acostumbraban a ver tanto movimiento en aquella ciudad
gris con olor a grasa de pescado. Varios investigadores privados parecían
revivir la fiebre del oro y buscaban en cada rincón un golpe de suerte que los
hiciera aparecer en la tapa del algún periódico. Los oficiales del pueblo
estaban contrariados; se sentían invadidos y, hasta podría decirse, heridos en
su orgullo. Toda está movilización les decía en la cara que era unos
incompetentes e incapaces.
Durante el tiempo que duró todo esto, el asesino no volvió a actuar. Grubach
lo sabía. Con la llegada de los extraños al pueblo, una nota sobre el
escritorio del inspector decía: "Así es difícil cumplir la misión. Lo
lamento mucho. Está ciudad no se salvará si abre las puertas a quiénes no
comprenden".
Evidentemente, quienes no comprendían, eran las jaurías uniformadas y los
hombres de prensa que no dejaban de estar atentos al más mínimo movimiento de
la ciudad.
La
situación duro hasta que estalló otra bomba: un caso de corrupción sin
precedentes en la ciudad de Trevalen, a unos doscientos treinta kilómetros de
aquel pueblo desconocido por todos hasta que las cámaras mostraron su plaza
principal a través de las cadenas más importantes de televisión.
Los primeros en mudarse a Trevalen fueron los periodistas. En dos horas no
quedaba en la ciudad ni uno de los micrófonos y las plumas que hasta recién
habían transmitido los latidos de cada calle. El caso Trevalen mezclaba asuntos
de estado, cuentas fantasmas, una cadena de casos de corrupción con nombres que
llegaban hasta el Senado y cuestiones que inclusive rozaban el nombre del
presidente. Al día siguiente de que esto explotara en los titulares, también
los grupos especiales levantaron campamento. El asesino serial dejó de ser el
centro de atracción. El viernes por la noche el último investigador privado
forastero partió detrás de la última camioneta que transportaba al último
grupo de Federales.
Las piezas del tablero tomaron su posición inicial. El pueblo volvía a la
calma, recuperaba su tranquilidad nocturna, recuperaba su casi anonimato,
recuperaba su asesino serial.
El tiempo en que paradójicamente la excitación había congelado las acciones,
le sirvió a Grubach para intentar otros caminos para dar con el criminal.
En una de las entrevistas que tuvo con el Doctor
Heinssbraun, director del
hospital psiquiátrico de la montaña (Hospital Neuropsiquiátrico Dr. A.
Fountaigne), el hombre le había hablado de la posibilidad de un caso de doble
personalidad. Grubach no comprendió la cuestión hasta que el doctor dejó de
lado algunos términos propios de la especialidad y le relato una sintética
versión de una novela de Robert Louis Stevenson. La idea de que para dar con
Hyde debía previamente encontrar a Jekyll, no le pareció razonable al
policía. La fuerza del oficio lo había acostumbrado a dar de otra manera con
quienes burlaban las leyes.
Una cosa es la literatura, otra la vida real; una cosa es ser escritor como ese
tal Stevenson, muy otra es ser policía. El asesino es el que mata; y este debe
ser una persona de carne y hueso que tarde o temprano se descuidará.
La otra cuestión que sacó en limpio de la charla con el Doctor fue que él y
el criminal habían formado un dúo vital en aquel círculo. Según Heinssbraun,
Grubach quería encontrarlo como si eso justificara su pasado, presente y
futuro. El asesino necesitaba de un Grubach para también justificar sus
acciones.
- Usted es el contacto con la sociedad. Con usted se comunica. Usted es la otra
mitad de su juego- explicaba el Doctor mientras el inspector lo observaba como
si estuviera diciendo incoherencias.
- Es más. Creo que hay hasta un cierto grado de admiración reciproco- agregó.
Grubach encendió un cigarrillo y se puso de pie.
- Cuando lo tenga frente a mí le voy a demostrar mi admiración- replicó
Grubach con tono de sorna.
- El busca acercarse a usted como usted a él. Confía en usted. Usted también
en él. De
hecho se sentiría defraudado si él dejara de matar sin avisarle.
- Usted sabe mucho de enfermos doctor- dijo el inspector casi despidiéndose -Yo
soy policía y se de otras cosas. Igualmente le agradezco su tiempo. Tenga usted
buenos días.
La situación se descongeló casi dos semanas después de que el último intruso
abandonó el pueblo. A las octava víctimas se le sumaba una novena.
-
capítulo siguiente >>>
|