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CITIZEN
KANE

POR
JORGE LUIS BORGES
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Citizen
Kane (cuyo nombre en la
República Argentina es El Ciudadano) tiene por lo menos dos
argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el
aplauso de los muy distraídos. Es formulable así: un vano millonario acumula
estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos,
bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de un coleccionista anterior
(cuyas observaciones es tradicional atribuir al Espíritu Santo) descubre que
esas misceláneas y plétoras son vanidad de vanidades y todo vanidad, en el
instante de la muerte, anhela un solo objeto del universo ¡un trineo
debidamente pobre con el que en su niñez
ha jugado! El segundo es muy
superior. Une al recuerdo de Koheleth el de otro nihilista: Franz Kafka. El
tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es
la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha
construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha
roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del
hermoso film The Power and the Glory: la rapsodia de escenas
heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadoramente, infinitamente, Orson
Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos
invita a combinarlos y a reconstruirlo.
Las
formas de la multiplicidad, de la inconexión, abundan en el film: las
primeras escenas registran los tesoros acumulados por Foster Kane; en una de
las últimas, una pobre mujer lujosa y doliente juega en el suelo de un
palacio que es también un museo, con un rompecabezas enorme. Al final
comprendemos que los fragmentos no están regidos por una secreta unidad: el
aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro, un caos de apariencias
(corolario posible, ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro
Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es
alguien). En uno de los cuentos de Chesterton - The Head of Caesar,
creo -, el héroe observa que nada es tan aterrador como un laberinto sin
centro. Este film es exactamente ese laberinto.
Todos
sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de
escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea
camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer
film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad.
La
ejecución es digna, en general, del vasto argumento.
Hay fotografías de admirable
profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los
prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros.
Me
atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como
"perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor
histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de
gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el
sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra.
Jorge
Luis Borges - Revista Sur Nº 83, agosto de 1941.-
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Intérpretes:
Orson Welles (Charles Foster Kane), Joseph Cotten (Jedidiah Leland / Reportero
de noticiario), Dorothy Comingore (Susan Alexander), Agnes Moorehead (Mrs. Mary
Kane), Ruth Warrick (Emily
Norton Kane), Ray Collins (Boss
James 'Jim' W. Gettys), Erskine
Sanford (Herbert Carter / Reportero de noticiario), Everett Sloane (Señor
Bernstein), George Coulouris (Walter Parks Thatcher), William Alland (Jerry
Thompson / Narrador de "News on the March"), Paul Stewart (Raymond),
Fortunio Bonanova (Matisti),
Origen:
Estados Unidos
Año:
1941
Director:
Orson Welles
Guión:
Orson Welles, Herman J. Mankiewicz y John Houseman (no figura en la ficha
técnica)
Producción:
Mercury Productions - RKO Radio Pictures
Música:
BH
Montaje:
Robert Wise
Duración:
119 minutos.
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