Sin Fidel Castro

Un día el periódico nos avisa que Fidel Castro ya no será el presidente de Cuba.  Que su hermano Raúl se encargara del asunto.  Que todo sigue igual, que solo es un paso al costado.  Pero inevitablemente mi imaginación viaja hacia adelante.  Podríamos leer el futuro en las tapas de los periódicos del mundo en todos los idiomas posibles.  La finitud del cuerpo nos habilita esa puerta, el titular será tan simple como los que necesitan aquellas noticias demasiado impactantes: "Murió Fidel Castro".  Y no será uno más de los mortales, como los miles que mueren cada día.  Y será una tapa de las dos o tres más importantes del siglo.  Y un día será, y entonces no será un día mas para nadie.

Será un día tristísimo, aunque haya risas por allí y algún beso que importe mucho más que eso, será un día horrendo, aunque haya picos de morbo y deseos irrefrenables de conocer detalles, un día en el que los relojes de la historia moderna pegarán un salto de angustia.  Y todo eso no va a tener que ver con la política, no va tener que ver con la incógnita de si la revolución o la involución, no va tener que ver la victoria o la derrota.  No va a tener que ver con nada de eso y con mucho más que eso a la vez.

El hombre, mito viviente, será estatua y alcanzará inmortalidad con un conjunto de prácticas que los humanos parecemos disfrutar: fechas significativas, homenajes post mortem, declaraciones de amigos y compañeros de lucha, figuras, fotografías, ilustraciones, recuerdos para turistas, nombres de salas, cátedras universitarias, calles, paseos, etc.

El escritor argentino Jorge Luís Borges sostenía que cuando uno moría y una calle era nombrada con su persona uno moría para siempre, para dejar de ser y transformarse en "nombre de calle", por eso no quería que una calle lleve su nombre y proponía que ninguna calle lleve nombres de escritores.

A Borges nunca le hicieron caso, debe ser por que cuando las sociedades quieren homenajear les interesa muy poco los deseos en vida del homenajeado.  Una manera de lavar culpas quizás.

Fidel Castro es uno de los íconos del siglo XX, y comienzos del XXI, y el peso de esa figura no es gratuito.  Pasiones encontradas, incidencia sobre miles de vidas ajenas, transformación del paisaje, trascendencia de los actos y marca en la historia.

Y la muerte redentora llega con curiosidades insoportables y asqueadoras a las que ya el circo nos tiene acostumbrados.  Somos perros carroñeros, y el tiempo echa su manto de piedad y todos maquillan su pasado para adueñarse de algo de la fama del cadáver mítico.  Así debemos soportar a políticos de la derecha recalcitrante hablar piadosamente de figuras que hubieron sido sus verdugos en su tiempo.  Debemos ver documentales de opinologos críticos de figuras del arte cuando no tomaron un pincel o una pluma en sus vidas, o más repulsivos aún, cuando ensalzan su obra después de muertos siendo que en vida les hubieran cerrado la puerta o hubiesen pedido que descolgaran sus cuadros de la galería.

Que belleza la obra de Van Gogh, que glorioso escuchar a Mozart, que maravilla Charles Chaplín, que gran hombre fue Trosky, que bueno que los muertos no salen de sus tumbas para desenmascarar a los mediocres.

Y el día que muera Castro habrá pompa y circunstancia, y habrá fiesta en Miami, y habrá incertidumbre en los comités, y habrá telegramas presidenciales con condolencias, y habrá un viejo negro en La Habana con un dolor inmenso en el pecho y quizás una canción para el Comandante.  Y habrá define y planes y desesperación por demostrar que la revolución va más allá de un nombre y un hombre.

Pero ya vimos la historia de clientes de Rodeo Drive con tatuajes del Che Guevara, ya vimos documentales de historiadoras de la "high society" hablando maravillas de Eva, ya vimos profesores universitarios bailar la cumbia de los muertos con algarabía y devoción cuando ayer el sonido "inculto" les sonaba soez y chabacano.

Y no es todo, también habrá best seller a la venta en aeropuertos y supermercados contando "lo que nunca se dijo de que ya no está para desmentirlo".  Y el hombre fuerte de la bolsa de valores tendrá la biografía de Castro en la mesa de noche, y quizás una sala de la Casa Blanca se llamé Fidel Castro.  Porque ya no molestará, porque ya será lo que queramos que sea según nuestra conveniencia.

Vacaciones en Cuba, sabor y mito.  La isla y otros mil años para vivir del mito.  Y jóvenes con la camisa de Castro y tatuajes del Che en el omoplato, adueñarse del espíritu del león cuando el león ya no habite en las cercanías de la urbe.

El presidente de algún nuevo imperio cenando en el restaurante Fidel y reordenando el mapa geopolítico con todo respeto de los muertos.  Algún periodista "valiente" con la cama caliente y el sueldo seguro de un multimedio que ahora le deja expresar su pintoresco espíritu revolucionario.

Todo basura, necrofilia, asco hasta el hartazgo.  Burócratas imaginándose en el Granma, grises lamebotas, fascistas con maquillaje vanguardista, enaltecedores del sacrificio popular con plumas de oro.  Fotografías artísticas de la mugre en el fondo de la olla raspada.  La muerte dignifica, enaltece. ennoblece, suaviza y mistifica. Y los recuerdos distorsionan, seleccionan, discriminan, vengan y mienten.

Debates soberbios y humillantes en pantalla sobre el muerto: cuando el parlante, de haber tenido la oportunidad, de haber sentido el llamado, de haber tenido que empuñar una guitarra, de haber tenido que elegir, de haber tenido que pintar para el rey, de haber tenido que pronunciarse en un ambiente adverso, de haber tenido que defender a quienes ni siquiera conoce... hubiera optado por esconderse bajo la cama hasta que todo pase y las piezas se acomoden, y las palabras parezcan valientes sin serlo, la postura parezca radical sin serlo, la convicción parezca riesgosa sin serlo.  Mentirse y creerse.  Mentirnos y creernos.  Aparentar tomar todos los riesgos sin arriesgar nada.  Hablar desde la comodidad sobre los incómodos.

La historia no permite vacíos, ni ausencias, ni luto, ni dolor.  Eso será para el sentimiento verdadero y como no hay espacio social para eso, es menester devorar, digerir, defecar, empaquetar y mostrar.  Vacíos que se llenan con historias rescritas en detrimento de quienes las tuvieron que soportar en la carne y en espíritu.

La contradicción de una lucha para algún día ser nombre de una calle esperando nunca llegar a convertirse en ella.

por José M. Pascual

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