el amor es de peluche

Cierto día, por alguna razón no tan extraña. los mercaderes de occidentales del nuevo mundo pensaron que resaltar un día como específicamente "día de los enamorados" sería un excelente negocio a largo (o no tan largo) plazo.

En realidad voy a evitarme el recorrido que explica por qué San Valentín fue el elegido (ya de por sí suena romántico que sea un mártir), tampoco entrar en los detalles de las fiestas de la fertilidad latina (lupercalia) que caían el 15 y que por prohibición del Papa Gelasio (494 del cristianismo) terminó la plebe disimulando el rito pagano con la celebración de San Valentín el día 14 de febrero.

Vamos a que en algún momento una novia reclamó un presente a su pareja.  Vamos a que una amiga de esta comparó a su enamorado con otro que le había entregado un obsequio a otra.  Vamos a que los comerciantes dijeron: aleluya... el día de los enamorados!!!!

Y el día llegó.  Algunas sociedades se mostraron más ajenas a estás banalidades (claro que tendrán otras, quizás menos banales), otras exaltaron el rito pagano recordando que el día de aquel santito es menester presentarse ante la pareja con una ofrenda porque si no puede que la relación caiga en los barrancos del reproche y la desilusión.

Pero la fortuna del enamorado en ese día está marcada por lo esperable.  Y lo dictaminado por la cultura "del amor" en su desarrollo diario ha salvado a los galanes, y doncellas, de tener que elegir entre una oferta variada.  Por lo tanto, uno quizás gané el tiempo de pensar un regalo original tan solo eligiendo entre un peluche, una caja de dulces o una tarjeta con frases que millones de millones recibirán en diferentes idiomas como si el firmante la hubiera pensado específicamente para esa relación tan particular.

Del San Valentín adolescente cuya iconografía limitada no llega a exigir demasiado, pasamos al San Valentín de los y las que siempre se resisten a crecer en ese sentido y un anillo, colgante o cualquier otro detalle será bienvenido.

Mientras los floristas del mundo bailan su danza del día que más los enamora, el romántico (por opción u obligado) cuenta sus monedas.  Añorando tiempos en que romántico era más riesgoso que entrar al centro comercial, pero más económico.  Nadie trepará a un balcón por la noche ni se batirá a duelo (bueno, siempre hay fanáticos de lo medieval sin que esto signifique una inquietud histórica) pero si habrá ejércitos enteros que con sus billetes latiendo de pasión adquirirán aquello que su Julieta espera como muestra de afecto.

De excepciones también están echas las generalidades así que no faltará quién el 14 explique que su concepción sobre el materialismo histórico le impide por convicción participar de esa costumbre burguesa, o aquel que más limitado a la hora de echar mano de teorías filosóficas utilice endebles justificaciones del tipo: "Creo que el día de los enamorados son todos los días" o "No encontré algo material que simbolice el amor que por ti  siento".  Claro, sea cual sea la elegida, el aroma a "falta" sobrevolará la relación, al menos por un día.

Ser romántico hoy, es deber tener dinero con que demostrarlo.  ¿Cuándo el universo romántico fue invadido por automóviles, gestos perfumados, flores exóticas, cenas en restaurantes? habrá que irse hasta donde la memoria nos traicione.

Antes de no estar de acuerdo, sincerémonos.  Una pareja sentada a orillas del río en la que él mirando la luna recita un poema almibarado suena a postal ideal clásica.  Ese hombre es un romántico.  Si la pareja llega al río en un convertible y mientras la luna se refleja en el brillo del anillo de diamantes, que acaba de descubrirse antes los ojos de la dama protagonista, al tiempo que unos tres violinistas húngaros afinan la música que alguna vez ella dejó deslizar como favorita, estamos ante el romántico del siglo XXI que mayores suspiros genera.  Un don Juan ideal aunque en el próximo vencimiento de la tarjeta de crédito aparezca el nombre de la empresa que subcontrata a los violinistas húngaros (no de Hungría) cuyas novias recibieron un llamado telefónico anunciando que, como ya sabían, el 14 es un día de mucho trabajo y no podrán verse.

San Valentín es el terror de los enamorados, Cupido el arquero que anuncia la perdición.  ¿Muy apocalíptico?  Y los que no tienen un enamorado, y los que no tienen una enamorada, sufrirán el día en que el mundo debería estar en parejas.  Como agnósticos en navidad, como desempleados en el día del trabajo, como enfermos en el día de la sanidad, sus soledades verán la luna como el satélite natural terrestre y el dibujo de corazones como imperfectos garabatos que poco se parecen al órgano encargado de distribuir la sangre por nuestro cuerpo.  Ese cuerpo que se enamora de sí en otro. 

Hay días en que parece que todo el mundo desea enamorase y ser correspondido.  Algunos por que así es la historia, otros para poder regalarnos algo (obsequiando algo al otro) el día de San Valentín y tener al menos un testigo de nuestra existencia

por José M. Pascual

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