|
“Fue
Fred Allen quien dijo con nobleza y sutileza que ‘California es un lugar
maravilloso si se es una naranja’. Supongo que Fred se refería a la
región general de Los Angeles que se conoce como Greater
Los Angeles. (Greater significa
‘mayor’. Pues bien, ¿mayor que qué es Los Angeles?) Le ocurría,
como nos pasa a muchos de nosotros, que ésta era la parte del estado que
más conocía y que menos le gustaba.
De todos modos, como la gente de los cítricos
es la primera en reconocer, ahora la niebla producida por la contaminación
le ha quitado la alegría de vivir incluso a las naranjas.
De acuerdo con los mapas, Hollywood es un
distrito agregado a la ciudad de Los Angeles pero que no pertenece a ella.
Pero eso no es rigurosamente exacto. Los Angeles, por lo enorme, populosa
y rica que haya llegado a ser, nunca formó una ciudad. Sigue siendo una
inconexa confederación de barrios residenciales y centros comerciales. En
lo que se refiere a la ciudad vieja de Los Angeles, es tan poco
metropolitana como Des Moines o Schenectady…
Nunca hubo una auténtica metrópolis que
no comenzara con una plaza de mercado. Hollywwod no es más que una estación
de parada en una carretera principal.
Conduce todo lo deprisa que quieras en
cualquier dirección: dondequiera que te encuentres el lugar tendrá el
aspecto de la ruta que lleva a un aeropuerto. Cualquier carretera de
cualquier aeropuerto…
Realmente, ¿empieza a ponerse el famoso
sol de Hollywood? La verdad es que hay un indicio de crepúsculo en la
niebla producida por la contaminación y más tarde, sobre la vieja
capital del cine ha caído una sombra de franela gris. Inexorablemente la
televisión se está moviendo hacia el oeste. Al tiempo que deja vacíos
los cines por todo el país, llena los estudios cinematográficos. Una
industria distinta crea una ciudad distinta; y alzándose sobre las
llamativas ruinas de la industria del cine conservamos una nueva marca de
la antigua locura, monótona y curiosamente solemne.
Siempre tiene que haber un fuerte
elemento de lo absurdo en la puesta en funcionamiento de una fábrica de
sueños, pero ahora hay menos de qué reir e, incluso, menos que pueda
llegar a gustarnos. Ha desaparecido la febril alegría, se fue cierta
vitalidad metálica. La televisión, al fin y al cabo, es una rama del
negocio de la publicidad y Hollywood, cada vez más, se comporta como un
anexo de Madison Avenue.
La televisión, en directo, en video o
filmada, sigue limitada por la barrera del lenguaje, mientras que por su
naturaleza y por razones económicas, las películas son multilingües.
Hacerlas fue siempre un negocio internacional. Directores, escritores,
productores y sobre todo las estrellas, venían a Hollywood desde todos
los sectores del mundo y sus películas se dirigían a un público
mundial. La nueva industria de la ciudad amenaza su cosmopolitismo
tradicional y lo está sustituyendo por un fuerte aroma nacional. No puede
ser de otra forma porque nuestra televisión existe con el solo propósito
de vender productos norteamericanos al consumidor norteamericano. Con el
mayor de los grandes estudios cinematográficos cojeando con programas
económicos administrados por un personal reducido al mínimo, el peculiar
ambiente vertiginoso de la ‘fiebre del oro’, que antaño fue el
especial encanto de Hollywood, es sólo un recuerdo.
En su edad de oro – los primeros años
del ‘boom’ del cine – el estado de ánimo y las formas de
comportamiento fueron mucho más parecidas a una fiebre del oro. Se
contaba con el bullicio frenético y pirata de la California inicial: las
grandes fortunas encontradas en un día y dilapidadas en una noche. La
misma alegre violencia y sangrienta anarquía. Toda esa turbulencia propia
del Oeste americano ahora ha sido silenciada… La fantasía arquitectónica
está en declive y su chillona ostentación ha desaparecido en su mayor
parte; las más inspiradas atrocidades arquitectónicas ya no existen o
están en ruinas. En los ‘mejores’ distritos residenciales o de
negocios se ha impuesto una especie de ‘buen gusto’ oficial, cuyo
resultado es una perfección de serie, estéril y desprovista de alegría,
pero que expresa correctamente el ardiente anhelo de respetabilidad que
hoy predomina en la comunidad…
Precisamente hasta ese momento, que fue
el último de una historia muy larga, la gente del espectáculo se
mantuvo, con bastante firmeza, segregada de la respetabilidad.
Significativamente, la profesión teatral
no tiene contacto (por lo tanto no puede haber contaminación) con la
clase media. Desde luego es cosa muy reciente que hayamos empezado a
emplear en nuestro oficio la palabra ‘profesión’, tan auténticamente
propia de la clase media. Ocurrió cuando la mención de la palabra arte
comenzó a causarnos cierto embarazo y con ello se inició nuestra caída
del estado de gracia: cuando de repente aspiramos a figurar en las filas
de las damas y los caballeros. Antes de eso, y en común con otros
artistas, no teníamos rango alguno y estábamos, gracias a nuestra propia
dignidad, fuera del protocolo…
Lo que resultaba vulnerable en nuestra
posición era el hecho de que en rigor no teníamos posición alguna.
Durante todo ese tiempo en que no hubo un lugar determinado para nosotros,
ni por encima ni por debajo de los privilegiados, un actor estaba en
libertad de sentarse allí donde era bien recibido y, con mucha
frecuencia, eso fue junto a los reyes. (Vale la pena resaltar que nuestros
primos más distinguidos en el teatro británico no son en la actualidad
los que intiman más fácilmente con la realeza.) Yo sostengo que teníamos
más que ofrecer a nuestro arte y a nuestro público cuando éramos
holgazanes y vagabundos reales, arropados en nuestra propia púrpura
imperial. Nuestra corona era delgada, pero era una corona y la lucíamos,
conscientes de nuestra diferencia, entre otras diademas que podía darse
el caso de que fueran de oro…
[Al principio la cinematografía fue] una
institución que los actores ‘reconocidos’ podían mirar de arriba
abajo, con todo ese pedante desprecio ampliamente prodigado con
anterioridad por la respetable clase media, incluso en la propia sala de
representaciones. Hollywood pasó a convertirse en una palabra del idioma
y esa avanzadilla sin igual – sin trabas, sin paréntesis y a la que
nadie prestaba atención -, en un abigarrado grupo de gentes del espectáculo,
con un espíritu más próximo al circo, al género burlesco, a la comedia
dell´arte, que al rígido mundo del teatro de la época, estaba
produciendo alegremente una nueva forma de arte y celebrando, en el
proceso, un renacimiento breve pero excitante del viejo disparate y de la
vieja gloria real.
Esa gloria lo tenía todo, pero murió
cuando el teatro se redujo a sí mismo a una mera profesión. Cuando empezó
a hablarse de la producción de películas y el cine comenzó a
organizarse como una mera industria, la gloria empezó a desvanecerse en
Hollywood.
Lo que es válido en el escenario o en la
pantalla nunca es el mero esfuerzo profesional y, ciertamente, tampoco el
producto industrial que de ello resulte. Lo verdaderamente válido, en el
análisis final, tendrá que ser la obra de arte.
No debería ser necesario repetir que la
originalidad es una de las definiciones esenciales de toda obra de arte y
que todo artista lo es como individuo. Resulta igualmente obvio que el
sistema industrial, por su naturaleza, no puede dar cabida a la
originalidad. Un hombre con personalidad individualista es un problema en
una factoría.
Antes se solía hablar de algo que se
definía como la ‘influencia de Hollywood’. Pero hoy día lo
verdaderamente noticiable es cómo el resto de Estados Unidos está
influyendo a Hollywood.
Como siempre, los actuales símbolos
sexuales hacen que lo pasemos bien y nos divirtamos, pero Jayne y Elvis
son, demasiado claramente, criaturas de los expertos de la publicidad,
borrosas copias al carbón de los antiguos originales desenfrenados, de
las vampiresas y los jeques que se inventaron a sí mismos y que vivieron
tan brillantemente de acuerdo con sus propias leyendas. La reciente
cosecha de ‘actores del método’, de actores de escuela, y los
representantes oficiales de la circunscripción beatnik
son excesivamente taciturnos en su estilo personal para que puedan añadir
mucho color a la pálida escena… Esas águilas exploradoras del Actor´s
Studio tienen su propio conformismo. No hay locura en su método.
Los más jóvenes de los auténticos
inconformistas, hombres como Mitchum o Sinatra, están ya por encima de
los cuarenta. El rock and roll nos arroja a veces un baile raro con un
cantante ocasional de menor clase, pero esos tipos son ‘fríos’,
helados, en el sentido que la palabra tiene en el diccionario, y no tienen
nada que ver con la temperatura templada que, de un modo u otro, reina en
el nuevo Hollywood. Su egolatría sólo alcanza todos monótonos, carentes
de la menor exhuberancia. Sostienen el espejo para que se mire en él su
propia generación, como lo hacen, también, sus padres, pseudoresidentes
de clase media en la colonia cinematográfica. Esos dos grupos, los que
visten camisetas y los que lucen chaquetas deportivas, son un reflejo de
la Norteamérica de hoy más preciso de lo que fueron aquellos
deslumbrantes pioneros que pasaron brillantemente las fronteras del
teatro.
Uno de nuestros productores, al tratar de
explicar la escuela del neorrealismo en el cine italiano, me dijo que en
Italia y en este tipo de películas, en vez de actores se utilizaba a
gente de la calle. Para bien o para mal es cierto que la ciudad está
llena de personajes que son realmente facsímiles de la gente de la calle
en la actualidad. Es una idea solemne, pero es posible que esto sea lo que
va mal en Hollywood”.
por Nicolás Quinteros
|